Con la Estrella Fluvial del Orinoco no se juega

Por: 
Juan Caros Rocha para @VICECOL

 

Estoy sentado en la cima del cerro Mavicure contemplando uno de los paisajes más bellos de la tierra. Tres enormes rocas formadas hace millones de años irrumpen, en medio de la selva amazónica, el paso del río Inírida en el extremo oriente de Colombia. Es la más pequeña de las tres rocas, de 170 metros de altura, la única a la que puede acceder el hombre. La selva espesa se extiende hasta donde alcanza la vista, guardando algunos de los bosques más antiguos y exuberantes del planeta y otros tantos de los minerales más codiciados por la civilización moderna.

Un extraño zumbido avanza sobre el rumor de la selva. César Agapito, un joven indígena puinave que me guio a la cima, levanta la mirada y busca a lo lejos, donde el río se pierde entre el horizonte, hasta que aparecen tres embarcaciones atestadas de soldados armados hasta los dientes. César se pone en pie y contiene la respiración por un instante, pero el escuadrón continúa río abajo sin acercarse a Remanso, su comunidad.

Hace tiempo que la guerrilla no asoma en la región, así que los soldados deben estar tras las barcazas mineras de los indígenas, quienes desde los ochenta, imitando al hombre blanco, han desarrollado toda suerte de procesos artesanales para sacar oro del río, desde buceo con precarios tanques de oxígeno confeccionados por ellos mismos hasta el dragado por succión de oro de aluvión en barcazas, utilizando mercurio y contaminando el río que los ha alimentado durante siglos. 

 

César tercia la mochila, agarra su machete y se acerca:

–Mejor será bajar antes de que llueva. Si la piedra se moja puede ser peligroso.

Sobre la selva corren pequeñas tormentas, que se dispersan y vuelven a surgir en un hermoso baile, pero ninguna llega hasta el cerro. Le pido un rato más, quiero hacer una ofrenda en el lugar, y le sugiero que me acompañe.

–No, gracias– dice, se da la vuelta y se sienta en el filo de la enorme roca para observar la selva, su casa, mientras espera. Es evangélico y las ofrendas a la Tierra, antes cotidianas, son ahora cosas del demonio.

 

Inírida es lo más cercano a una ciudad en cientos de kilómetros a la redonda, y está ubicada a unas tres horas en lancha a motor de Remanso. El departamento de Guainía, que significa tierra de muchas aguas, es dos veces el tamaño de Suiza, y está atravesado por cientos de caños, ríos y humedales, que se abren como arterias en el cuerpo de la selva espesa y prístina, habitada por apenas 42 mil habitantes, la mayor parte indígenas ubicados en pequeñas comunidades a orillas de los ríos Inírida y Guaviare, como Remanso, donde viven 200 personas.

César tiene 17 años, es corpulento y de estatura media, lleva un gorra con el logo de Yamaha, mochila de Bob Marley y tenis Converse de imitación. Subiendo dijo que guiarme a la cima de Mavicure le serviría de entrenamiento para el partido de fútbol del fin de semana, cuando unos veinte indígenas viajarán a Inírida en las dos “voladoras” de la comunidad. Remanso está clasificado a las semifinales, ha ganado todos sus partidos y apunta a la final.

César no recuerda los nombres de los árboles que rodean el cerro ni los usos de algunos frutos y plantas que su abuelo le encarga cuando va a la selva, pero se mantiene al tanto de las últimas incidencias de la Liga Española y la Premier League, gracias al televisor, la antena de DirecTV y la planta eléctrica a diesel con que ahora cuenta la comunidad.

Mientras descendemos, César limpia el sendero con su machete, construido recientemente durante varias mingas –jornadas de trabajo comunitario– para permitir el ascenso de los turistas de todo el mundo que comenzaron a llegar a Mavicure en los últimos años. Los indígenas han comprendido que ser vecinos de una maravilla natural puede ser un buen negocio, y una alternativa a la minería, que amenaza con destruirla.

Cruzamos el río en un bongo de madera, contra la corriente, César al remo, ágil y seguro. Las toninas o delfines rosados se zambullen en el agua cobriza del río Inírida. César hace sonar un silbato de cerámica que lleva como collar, y las toninas asoman cada tanto en la superficie para dar un soplido y continuar su baile.

La barcaza minera de Remanso sigue a la vista y el escuadrón de la Armada no pudo pasarla por alto. Está amarrada junto a lancha de la gobernación del Guainía, que trajo de visita al director de Planeación y Urbanismo y su familia.

–Quizás paren de regreso– murmura César mientras me deja en la orilla, y sigue por el caño para amarrar el bongo entre los arbustos. Me doy un baño en el río, cojo una manotada de arena en la mano y observo miles de punticos diminutos que brillan bajo el sol, como si el mundo por acá fuera todo hecho de oro.

Pero no. También hay uranio, hierro, platino y coltan, y seguramente muchos minerales más a los que la industria no les ha encontrado uso, por ahora.

Remanso es la única comunidad indígena con título minero vigente en la llamada Zona Estratégica Minera de Oriente, una vasta región selvática en los límites del Cinturón Guyanés, una de las formaciones geológicas más antiguas de la tierra. Hay 961 solicitudes en trámite sobre 4,7 millones de hectáreas y, al otro lado de la frontera, sobre todo en Brasil, la explotación avanza a toda máquina.

Voy a casa de los Agapito para dar las gracias. La madre de César cocina casabe en un enorme sartén de barro, una preparación tradicional a base de yuca brava, y su padre construye un techo de palma que servirá de albergue para el próximo encuentro evangélico, que reunirá unos mil indígenas de la región durante varios días, y que ha reemplazado los encuentros tradicionales, en los que danzaban con trajes elaborados con corteza de árboles, plumas y sonajeros de semillas, pintaban figuras en sus cuerpos con tintes naturales –como las que aún permanecen en cientos de rocas a los largo del río Inírida–, e imitaban los movimientos de la anaconda al ritmo del yapurutú, una especie de flauta antes infaltable en las comunidades.

La misionera evangélica alemana Sofía Müller dedicó cincuenta años de su vida a desterrar las tradiciones “paganas” de miles de indígenas, enseñarles el miedo a la condena eterna y el único camino a la “salvación”.

Llegó a la región en 1945, en una época en que pocos occidentales sabían siquiera que existía, y algunos meses después de iniciada su misión, Müller fue aceptada en la comunidad tras sobrevivir a una sopa envenenada que le dio un chamán preocupado por su creciente influencia entre los indígenas. La mujer sufrió severos dolores abdominales, pero logró vomitar y expulsar el veneno, ante el asombro del chamán y los indígenas de la comunidad. Pronto el milagro se difundió en la selva, y con él el rumor de una diosa blanca que muchos indígenas seguirían con devoción durante años.

Durante su decidida labor, Müller tradujo el nuevo testamento a cuatro lenguas, abrió 200 iglesias, enseñó nociones básicas de lectura y escritura a más de 30.000 indígenas, los ayudó a defenderse de la avaricia del hombre blanco y obligó a muchos médicos tradicionales a arrojar sus piedras y plumas al río. Hoy, nueve de cada diez habitantes del Guainía son evangélicos. 

 

 

El funcionario de la gobernación y los suyos almuerzan pescado fresco, toman algunas fotos y entregan una guadaña al capitán de la comunidad en nombre de la gobernación, un pequeño detalle en comparación al alud de promesas de las elecciones.

–Dura más un peo en un chinchorro– dice el conductor de la lancha que me trajo a Remanso, refiriéndose a la guadaña, que los indígenas prueban uno tras otro, a pesar de que la mayoría jamás había usado una máquina como esa.

El conductor guía a un grupo de ingenieros que hace seguimiento a un proyecto de acueductos comunitarios ejecutado años atrás por el gobierno nacional. Mientras yo subía al cerro de Mavicure, ellos se adentraban río arriba hasta la comunidad de Venado, donde diez minutos fueron suficientes para saber que el acueducto estaba fuera de servicio. El agua, que las comunidades antes tomaban de los caños, ahora está contaminada, y los problemas de salud aumentan.

Almorzamos juntos y mientras la comisión descansa, me adelanto para buscar a Martín Agapito, el único fundador de Remanso todavía vivo.

Lo encuentro en una pequeña casa de bahareque, solo, meciéndose suavemente en su hamaca mientras observa a través de la puerta el cerro Pajarito, el más grande de los tres, una roca de 712 metros de altura. La roca puede tener más de 500 millones de años. En el rostro de Martín está escrita la historia de Remanso.

Martín era un niño cuando llegó junto a sus padres y sus cuatro hermanos, buscando un lugar lejos de los hombres blancos que esclavizaron a los indígenas en las caucheras. Era joven cuando en Remanso vivían ya un puñado de familias y los hombres blancos masacraban miles de animales para comerciar sus pieles en el mercado negro. Siendo adulto llegaron los primeros brasileños en busca de oro. En los noventa, durante cinco años de bonanza, se sacaron 45 toneladas de oro, y la selva se llenaba de colonos embrujados por los sueños de riqueza.

Hace un siglo en estas tierras extremas el dinero no tenía ningún valor y los indígenas vivían de la selva, una despensa inagotable de alimentos, medicinas y materiales, y no necesitaban nada más. Hoy la pista del aeropuerto en Inírida es pavimentada, y los martes y jueves llegan toneladas de novedosas necesidades en un avión de carga.

Me despido de Martín y subo a la lancha con la comisión de ingenieros para visitar otras cinco comunidades camino a Inírida. A pesar del generoso presupuesto destinado a la construcción de los acueductos, y de los metros de tubería, los tanques y las motobombas, ninguno funciona adecuadamente. En la comunidad de Almidón, la más cercana a la ciudad, la motobomba fue robada, aunque estaba encerrada y encadenada a una jaula que flotaba en el río.

En la comunidad de La Ceiba el árbol centenario que le da su nombre está a punto de caer. En cada época de lluvias el río le saca un poco de tierra a la raíz del gigante inclinado. Los funcionarios de la gobernación dicen que harán la gestión del caso, pero los indígenas estallan en carcajadas: todos los políticos que han pasado en los últimos años han prometido lo mismo, sin excepción, y la ceiba sigue aguantando sola.

Mientras navegamos por las vueltas del río un funcionario muestra fotos de la región en su teléfono móvil: una anaconda con una bola en la barriga, el cadáver del indígena que sacaron de la anaconda, con los ojos asustados y bien abiertos, y el cuerpo de un hombre asesinado en un billar de Inírida, la única muerte violenta en meses.

 

Las FARC hicieron presencia en alguna época en la región, pero se han replegado desde que se construyeron las bases del Ejército y la Armada en Inírida. Selva adentro, las FARC vigilan una mina de tierras raras o coltan, un conglomerado de minerales utilizado en la fabricación de componentes electrónicos. Se estima que unas mil hectáreas de selva habrían sido intervenidas por al menos 500 hombres que extraen coltan a punta de pica y pala, en un negocio que mueve anualmente unos $2.000 millones, de los cuales $1.800 millones se reparten a los intermediarios alrededor del mundo, quedando solo $112 millones en el Guainía, la mayoría destinados a costear los vicios que trae la minería.

Por fortuna la industria electrónica ha encontrado materiales más baratos que suplen la necesidad del coltan, y su demanda ha disminuido. La sed de oro, en cambio, parece insaciable.

Río arriba nos topamos con unos treinta soldados que abordan una barcaza minera y rodean a tres indígenas, mientras otros cincuenta aguardan en otras voladoras, a sabiendas de que es una misión de bajo riesgo.

Nuestro lanchero reduce la velocidad por reflejo, pero la mirada de los soldados con sus metralletas lo persuade para seguir. Durante la jornada las autoridades inmovilizaron varias barcazas y realizaron una docena de capturas, argumentando el combate a la minería ilegal y la protección del medio ambiente. Pero hay razones para desconfiar.

En la región de Taraira, en el vecino departamento del Vaupés, en una cascada en el puro corazón de la selva amazónica colombiana, considerado el origen de la vida por 19 comunidades indígenas ancestrales, la multinacional canadiense Cosigo Frontier Minning Corporation pretende explotar miles de hectáreas para extraer el oro que abunda en su suelo. Algunas de esas hectáreas están protegidas dentro de los límites del Parque Nacional Yaigojé-Apaporis, pero la multinacional ha movido sus fichas para superar los obstáculos.

Convenció y orientó a un grupo de indígenas para instaurar una tutela ante la Corte Constitucional, regaló balones y uniformes de fútbol a los niños en varias comunidades e inició 45 excavaciones fuera del Parque Nacional. Para los indígenas makuan, el oro debe permanecer en tierra o se atraerán males. Argumentan que todas las culturas indígenas que extraían oro han desaparecido.

–Mi abuelo quedó sordo de tanto bucear– dice una funcionaria, y cada uno de los tripulantes se suceden contando su historia de la minería, mientras seguimos avanzando por el río.

–El que lleve a su esposa a un campamento minero es porque no la quiere– explica el conductor, quien buscó oro durante años, e insinúa que las acciones del Ejército podrían ser el preámbulo de la llegada de las multinacionales.

El presidente Santos, cuyo plan de gobierno depende en gran medida de las ganancias de la minería, declaró como Área Estratégica Minera un total de 17,4 millones de hectáreas –la superficie de Uruguay–, para legislar la explotación en algunas de las selvas más espesas del Chocó, la Orinoquía y el Amazonas.

Para sorpresa de muchos, presentó el proyecto en su discurso en la cumbre Río 20 en 2012, en donde se reunieron setenta mil personas de 139 países en busca de un acuerdo para detener el deterioro ambiental y procurar el desarrollo sostenible en la Tierra.

Pero esta selva, la Estrella Fluvial del Orinoco, tiene sus guardianes. Biólogos y antropólogos han recorrido cientos de kilómetros documentando una riqueza natural y cultural única, y su importancia para la supervivencia de la Humanidad.

Hace diez años la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Nororiente Amazónico (CDS), la World Wildlife Fund (WWF), el Ministerio de Medio Ambiente y varios líderes indígenas, iniciaron trabajos para declarar 253.000 hectáreas del Guainía como Humedal Ramsar, un estatus internacional que las protegería de cualquier explotación. El pasado lunes 7 de julio, y luego de varios años de resistencia por parte del Ministerio de Minas y Energía, el presidente Santos firmó el decreto que declara esta zona Humedal Ramsar y la blinda, en teoría, de los intereses de las multinacionales que tanto asustan a los pobladores de esta zona.

Regresamos a Inírida en medio de un atardecer rojo, y en el puerto decenas de hombres descargan toneladas de gaseosa, cerveza y cemento, que llegaron desde el interior del país luego de varias semanas de recorrido por el río Guaviare.   

La selva se prepara para la noche. Jaguares, manatíes, osos hormigueros, tucanes, monos aulladores, serpientes, pumas, delfines rosados, tarántulas, mariposas, ceibas, palmas, orquídeas, raudales. Las tres enormes rocas resplandecen bajo la luz de la luna, mientras su futuro se discute a miles de kilómetros, en despachos y cocteles en Bogotá: ¿minería o conservación? ¿Oro o agua?

En un confortable hotel de Inírida, pasando canales de televisión de todo el mundo, recordé la ofrenda. La recibí de mi cuñada, quien, como parte de su tesis de grado de artes plásticas en la universidad, escogió las 144 virtudes necesarias para generar el cambio que requiere la Humanidad si ha de salvarse de la hecatombe. En unas bolsitas con tierra recogida en varias montañas había puesto un papelito con cada virtud, para ser ofrecidas al azar por diferentes personas en distintos lugares de la Tierra.

A la cima del cerro Mavicure le correspondió Misericordia.

Compartir con: