En verdad soy un payaso

Por: 
Emilio Aparicio para @bacanika

 

Nuestros amigos de Bacánika nos presentan una crónica fotográfica con uno de los oficios más olvidados de la actualidad. El payaso, antaño, solía amenizar fiestas infantiles, trabajar en circos e, incluso, era común verlos en las calles de la ciudad anunciando almuerzos y otros productos. Hoy en día, esos tiempos parecen lejanos y los payasos se han convertido en una suerte de personaje mítico salido de alguna historia de fantasía.

Juaco se puso el primer disfraz de payaso a los siete años en Cali, cuando comenzó a jugar y a imitar a estos personajes con vestimentas extravagantes. Desde entonces, soñaba con hacer reír a la gente, gastar bromas o realizar actos de magia en un escenario; por eso la vida la dio una oportunidad. A los doce comenzó a visitar escuelas y otros lugares dando pequeñas funciones y se ganaba unos cuantos pesos.

 

Años después, abandonó los estudios para dedicarse por completo a la vida del circo, acompañado de un amigo que ya conocía del tema y le enseñó acerca del oficio de ser payaso. Usualmente salían al escenario en caravana (hasta ocho payasos) y hacían de locos, realizaban los pitos, la defensa o la basura, también el acto del plátano, la escalera, el piano o el pedo, nombres característicos del repertorio. Su amigo le enseñó lo básico y la práctica hizo al maestro. Trabajó también como ayudante de un mago de Cali, pero el mal pago lo aburrió y decidió viajar a Bogotá a probar suerte.

Actualmente vive en una diminuta pieza dentro de una pensión localizada en una zona de tolerancia de la capital. Sus preciados trajes, múltiples accesorios y pelucas llenas de color, cuelgan de cuerdas y cables amarrados a puntillas de pared a pared o yacen inmóviles arrumados en el piso de la habitación. Su cama está cubierta de miles de cosas y tan solo un bombillo ilumina el espacio donde se exhiben carteles, fotografías e imágenes referentes de payasos rusos y comediantes como Cantinflas.

 

 

En el patio de la pensión, aprovecha para maquillarse antes de salir a trabajar. Su nariz roja atada a un caucho es la mitad del empaque del juguete de un huevo Kinder Sorpresa y la mayoría de sus pelucas las fabrica él mismo. Los tirantes y botones sostienen un pantalón gigante y una camisa escarchada muy bien puesta, que combina con sus enormes zapatos.

 

Su mirada parece nublada y perdida cuando habla de la familia pero aún tiene la oportunidad de hablar con sus hijos por teléfono. Los circos ya no lo llaman. El trabajo ya no es el mismo: apenas un par de veces al año lo llaman antiguos clientes para celebrar fiestas populares o cumpleaños en algunos sectores de la ciudad.

 

Juaco se disfraza todos los días porque trabaja hace años en San Victorino ofreciendo e invitando a los clientes a comprar ropa, accesorios y piñatería en uno de los edificios llenos de bodegas que se quemó en la zona. Antes, durante el día de brujas, se podía ganar un millón de pesos pero ya nadie lo llama en estas fechas. Sin embargo, él sigue dispuesto a regalar la mayor alegría posible, con o sin su disfraz de payaso.

 

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