“Los Once” y la historia del seis de noviembre

Por: 
David Jáuregui Sarmiento / @YDesparchado

 

Unión Magdalena, por esa época bajo la dirección de Eduardo Retat, se enfrentaba a Millonarios, que jugaba de local en Bogotá. El conjunto bogotano, dirigido por Luján Manera, jugaba contra el equipo de la ciudad de Santa Marta, la misma ciudad en donde había nacido Jaime Bateman Cayón, fundador del M-19, y el magistrado de la Corte Suprema de Justicia José Gnecco Correa, quien murió este mismo día.

Según cuentan varios reportajes periodísticos, los deportistas jugaban a regañadientes. Apenas unas horas atrás se rumoraba que el partido no se iba a celebrar, y cómo, si en la capital colombiana se estaba librando un combate armado de proporciones nunca antes vistas en una ciudad colombiana.

La ministra de comunicaciones de ese entonces, Noemí Sanín, había ayudado a modernizar la televisión colombiana legalizando y organizando las redes regionales de televisión. El día del partido, el seis de noviembre de 1985, la ministra ordenó transmitirlo en directo, prohibiendo la transmisión de los noticieros que cubrían la toma y retoma del Palacio de Justicia.

Ese mismo día, el M-19 se había tomado por las armas el Palacio de Justicia, ubicado frente al Palacio de Nariño (la casa presidencial) y en diagonal al Palacio Liévano (la casa del alcalde de Bogotá), dos de los edificios que resguardan algunos de los hombres más poderosos del país. El Movimiento 19 de abril (M-19) justificaba la operación de la toma en el incumplimiento por parte del presidente del momento, Belisario Betancur, frente a los acuerdos logrados en Corinto, Cauca. El M-19 y el gobierno de Betancur habían pactado un cese al fuego y la búsqueda de una salida pacífica al conflicto armado. No obstante, según “Popeye”, uno de los hombres principales del narcotraficante Pablo Escobar, el eme había recibido dinero de Escobar para financiar la toma. Por la misma época, el conflicto armado no era solo entre ejércitos irregulares rebeldes y el Ejército Nacional, sino también contra los narcotraficantes, que se habían autodenominado “Los extraditables”, porque en la Corte Suprema se discutía si los capos colombianos debían ser extraditados luego de su captura. El M-19 negó la financiación del cartel.

Balas van, balas vienen en el Palacio y sus alrededores. A pesar de que algunos magistrados pidieron —en varias ocasiones— una salida diferente para proteger sus vidas y las de los rehenes, el Ejército Nacional de Colombia, por órdenes del comandante en jefe de las fuerzas militares, Belisario Betancur, entró al palacio a punta metralla y tanques de guerra. Fuerzas especiales entraron por el techo. Bajaban desde helicópteros militares dispuestos para los combates más cruentos. El edificio, además, ardía en llamas.

Los guerrilleros y los soldados hacían lo suyo: dispararle al enemigo. Se usaron granadas de fragmentación y otros inventos de la muerte durante el combate.

Y en medio de ese infierno, los civiles. Como si vivir entre tanta pobreza no fuera ya suficiente.

Nada importó. Desde magistrados hasta trabajadores humildes de la cafetería, visitantes al Palacio y servidores públicos pagaron el precio de una guerra que, ya para 1985, iba cumpliendo más o menos cuatro décadas. Ni el gobierno ni los rebeldes ceden, ninguna de las dos partes confía en la otra y el país —desde siempre una tradición— está polarizado y no está abierto a ninguna tregua.

Y en medio de ese infierno, los civiles. Muchas personas murieron. Nada que hacer, habrá que sumarlas a las víctimas del conflicto.

El ejército logró sacar algunos rehenes del palacio y los llevaban directamente a la Casa del Florero, porque podían ser guerrilleros camuflados y había que interrogarlos. Interrogándolos se quedaron, porque algunos no volvieron a aparecer. Una desafortunada coincidencia esa, de que justo en donde se había fraguado la excusa para iniciar una revuelta popular que ayudó al país a independizarse, fuera el lugar en donde se interrogaría a rehenes asustados si eran rebeldes o no.

Y desde que se tomaron por la fuerza al Palacio de Justicia y luego de su retoma, también por la fuerza —como si Colombia no conociera otros medios— , la violencia sigue siendo la constante.

Y desde que tomaron y retomaron el Palacio de Justicia se ha escrito mucho, se han recopilado archivos audiovisuales y testimonios, se ha intentado que en la memoria de los colombianos no mueran las atrocidades que pasan aquí.

Precisamente, sobre la toma y la retoma del palacio trata el nuevo libro Los Once, una novela gráfica editada por Laguna Libros. El libro, por medio de la ficción, muestra las horas de espera, de angustia y esperanza vividas por la familia de uno de los once desaparecidos de la toma del palacio y, a su vez, presenta lo que ocurre al interior del edificio durante el enfrentamiento armado.

“Cuando estábamos haciendo la investigación, y hablábamos con familiares de las víctimas, a veces sentimos el peso de lo que representa intentar no tomar partido. Para los familiares los culpables de la desaparición son claros, pero nuestra intención no era mostrar culpables, sino construir una metáfora, a través de personajes animados (ratones, palomas, mirlas y perros), para lograr una nueva comprensión del episodio, de lo que vivieron las familias de las víctimas y las víctimas durante la toma y la retoma”, explicaron sus autores, Andrés Cruz y José Luis y Miguel Jiménez.

Los Once comenzó como una aplicación digital para tabletas que luego fue modificada y adaptada para el formato impreso. Contiene muchas más imágenes que texto, por lo que su lectura no lleva tanto tiempo como un libro regular y, como sus autores afirman, lo puede disfrutar una persona de cualquier edad.

Durante la feria del libro del 2013, En Órbita habló con uno de sus autores. Los invitamos a ver la entrevista y a conocer más acerca de Los Once. Disfrútenlo.

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