Si volvieran los bufones

Por: 
Daniel Bonilla / @Seppukultura

 

Si hay algo capaz de reñir al poder en todas sus manifestaciones, eso es el humor. Y entiéndase con ello la capacidad que tiene cada quien de reírse de lo que sucede a su alrededor y, a su vez, de hacer reír a otros. No es de extrañar entonces que ya desde épocas perdidas en la historia de la humanidad, la risa en sí misma se considerara un desafío y una afrenta a lo establecido.

La risa, que es a un tiempo una mueca que deforma un rostro y un sonido que irrumpe en contravía de toda racionalidad, fue emparentada en no pocas ocasiones con lo demoníaco, con la locura, con la enfermedad. Aún hoy, son muchos los que celebran la sonrisa sobria de la Mona Lisa, pero retroceden ante ese cuadro del siglo XV titulado El bufón que ríe, porque en su gesto se evidencia algo siniestro que puede llegar a asustar. Son los mismos que hoy prefieren la corrección inofensiva y aséptica de un espectáculo de Stand up Comedy pero antaño se sonrojaban con las carcajadas escandalosas y sin dientes de Heriberto de la Calle, por no mencionar las groserías que finamente solía intercalar entre sus frases.

En fin, lo cierto es que donde exista algún tipo de poder jerárquico, siempre habrá forma de hacer un chiste, una caricatura, un trucaje de sentido que conduzca al ridículo de ese personaje que se ubica en la palestra pública, el púlpito o la tarima. Pero no solo al ridículo, sino también a la más despiadada crítica, encubierta, eso sí, por el ropaje de lo grotesco y lo cómico.

Una manifestación radical de que la risa puede llegar a convertirse en un arma letal contra el poder y una conciencia colectiva es, en definitiva, el humor político, que en Colombia tuvo algunos momentos de esplendor con la figura del fallecido Jaime Garzón y programas suyos como Zoociedad o Quac. Y por eso murió, porque lastimosamente en un país como el nuestro, no hemos sabido cómo convertir la risa en una válvula de escape para soportar el peso de una realidad que por años, décadas, ha sido brutalmente monstruosa. Y cuando pensamos que podíamos hacerlo, las ráfagas se encargaron de silenciar al bufón.

Es evidente que esa muerte le ha pesado al país, pero también es evidente que luego de ella, los brotes de humor político que han surgido se han disipado tan rápidamente que en la memoria han quedado más como anécdota graciosa que como un bastión de resistencia frente a instancias de dominación, injusticias o abusos.

No son pocos los que afirman que luego de Jaime Garzón el humor político ha sido sistemáticamente desplazado de los espacios informativos, principalmente de la televisión. El afán por conseguir rating para traducirlo en pauta publicitaria ha provocado que, a pesar de que en Colombia no exista la censura, se erija una forma más peligrosa de acallamiento de las posiciones divergentes y críticas que, históricamente, nos ha legado el humor político.

Francotiradores, reencauchados y matadores, poco a poco, van siendo relegados a la sombra de los horarios imposibles que no llaman audiencias. Unos sobreviven en periódicos y revistas, otros en la radio, algunos más en los recovecos que la red proporciona; pero todos ellos siempre caminando en un frágil borde porque en cualquier momento se pisa la ampolla de un pie grande o se hiere la sensibilidad de una vaca sagrada o un ídolo de barro. 

No es un secreto que durante algunas de las dictaduras y gobiernos totalitarios más recordados de la historia el comediante fue considerado un enemigo de las clases dirigentes y por eso se le perseguía, condenaba y rechazaba. Tampoco es un secreto que cuando los humoristas penetraron los medios de comunicación, convirtiéndose en una suerte de necesario termómetro de las realidades políticas nacionales, muchos de ellos perdieron su capacidad de minar el poder y terminaron siendo admitidos por aquello que criticaban, volviéndose inofensivos. Es esa facilidad que tiene el statu quo de neutralizar a sus enemigos para servirse de ellos a su acomodo.

Curiosamente en Colombia hemos visto los dos fenómenos. Por un lado, aquel que resulta tan descarado en sus burlas que no hay más remedio que eliminarlo y, por el otro, una miríada de talentos desperdigados que deben sucumbir ante las directrices del mercado y la tiranía del rating, tal vez la censura más peligrosa porque sucede de manera casi imperceptible.

Esto no quiere decir que Colombia haya perdido su capacidad de reír, aunque pareciera que de un tiempo para acá, nuestras risas están dirigidas, cada vez más, al otro diferente, al otro que se equivoca, al otro que creemos inferior, convirtiéndose el humor en una cruel forma de sadismo. Hay espacios radiales que bajo esa premisa han consolidado su éxito. Pero también está el otro extremo de un humor inofensivo, políticamente correcto y anestesiado, que pulula en las comedias ligeras de la televisión, en los refritos de series extranjeras, en programas de bromas moralistas.  

Para nuestra fortuna, hubo un tiempo en que el humor político nos enseñó a burlarnos de nosotros mismos para aprender a ver esas cosas que como nación nos avergonzaban y ante las cuales muchas veces preferimos voltear la mirada. Ese tipo de humor tenía el poder, cual espejo, de mostrarnos lo más ruin y oscuro de nuestra existencia sin que nos espantáramos por ello y más bien fuéramos capaces de reír y resistir.

Durante mucho tiempo aprendimos a hacerlo, y vivir en un país como este, tan cargado de truculencia, se hizo más soportable. Es de lamentar, entonces, que desde la muerte de Jaime Garzón pocos proyectos de humor político se hayan cristalizado y sobrevivido en el tiempo, y con ello, la posibilidad de una conciencia crítica se haya visto cada vez más interrumpida. Pero como la risa es imparable y el ser humano siempre la necesitará para que las culpas y las vanidades no le hagan tanto daño, el humor político también ha sabido sobrevivir al embate de los tiempos. Solo que al parecer, lo ha hecho cada vez más alejado de los medios de comunicación tradicionales. Medios que ya no solo están subordinados, muchos de ellos, a las agendas políticas sino también al poder económico que, a donde quiera que llega, arrasa hasta el extremo de la aridez con un discurso homogéneo de progreso, que limita la creatividad, el pensamiento divergente y el ocio.

Son muchos los que afirman que el futuro del humor político está en internet, confundido entre esa masa anónima y gigantesca que conforma las redes sociales, donde ningún poder es lo suficientemente fuerte. Finalmente, cuando millones de almas son capaces de reír sin parar y en esa risa pueden verse a sí mismas en sus miserias y sus limitaciones, pero a su vez eso les permite seguir adelante con dignidad, cada una de esas almas se vuelve invencible y muy difícil de manipular.

Colombia debería volver a reír, no con esas sonrisillas solemnes de coctel para quedar bien con los demás o hacer negocios, no con esas risas de dientes bien cuidados para posar en la fotografía de ocasión, no con esas risas tímidas de decibeles tolerables; sino con carcajadas ruidosas, incómodas, que resuenen más allá de los convencionalismos, los buenos modales y los protocolos; con carcajadas grotescas que hagan temblar a todo aquel que quiera venir con intenciones de dominación. Una sociedad tan enferma como la nuestra, tal vez algún día pueda volver a hacer del humor una de sus armas más poderosas para contrarrestar el dolor y convertir la risa en su más efectiva cura.

 

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