Una oda fotográfica a Colombia

Juan Sebastián Salazar / @juanssalazar

 

Hace más de treinta años, Santiago Harker registra a Colombia, desde sus entrañas y absurdos, con su cámara fotográfica. Vivió más de tres años con los indígenas wayúu en La Guajira y replicó durante cuatro años y medio el recorrido de la Comisión Corográfica de Agustín Codazzi. Conoce toda Colombia, menos Guainía, Putumayo y Arauca: son zonas rojas atestadas de fusiles. Tiene cuatro libros publicados y uno reeditado. En su ojo se esconde la magia de una Colombia fotogénica.

Santiago Harker nació en Bogotá, en 1951. Cuando era pequeño, junto a su hermano, se subía al techo de la casa para ver con un telescopio los aviones que volaban sobre la ciudad. Era capaz de reconocer cada uno por su sonido: “este suena a DC-4, este otro a DC-6 o a DC-3. Estoy escuchando un Super Constellation”.

Un tío suyo trabajaba en una aerolínea y vivía de lugar en lugar, viajando y viajando. “Eso me parecía lo máximo”, cuenta Santiago.

A los 18 años, buscando esa máxima, empezó a estudiar ingeniería mecánica en la Universidad de los Andes.

Después de graduarse en 1974, trabajó en Fiat como ingeniero de servicio. Al año viajó a Londres para hacer una maestría en Transporte Aéreo, en el Cranfield Institute of Technology. Por esa época, la educación en Inglaterra era barata, todavía no estaba en el poder Margaret Thatcher, y Harker invirtió todos sus ahorros en la maestría.

Nada podía salir mal: desde pequeño le gustaban los aviones, iba a estudiar en la mejor escuela aérea de Inglaterra, con un campus construido en una antigua base de la Royal Air Force, y tenía, a duras penas, pero lo tenía, el dinero para costear sus estudios.

Sin embargo, estando allá se dio cuenta de que lo suyo no eran los aviones. Lo que realmente le apasionaba era viajar y conocer otras culturas.

“Me gradué finalmente como ingeniero industrial y administrador para no perder la inversión. Luego empezó un periodo de diez años en los que trabajaba dos años, ahorraba, y viajaba otros dos años, con esos ahorros”.

Santiago Harker trabajaba, viajaba, trabajaba, viajaba, trabajaba, viajaba. Al final se aburrió y decidió dejar la ingeniería. No más alternancias. Tenía que dedicarse a otra cosa. Algo en lo que pudiese moverse, conocer. Pensó, incluso, en estudiar Geografía.

Después de cada viaje, Harker reunía en su casa a sus familiares y amigos para mostrarles, en una proyección con diapositivas, las fotografías que había tomado. “A todos les gustaba, y pensé: ¿por qué no? Hasta de golpe la fotografía me paga todos los viajes”, cuenta el fotógrafo, en medio de una alegría espontánea.

Y el golpe surtió efecto: una de sus primeras cámaras fue una Rolex, gracias a la cual, pero sobre todo gracias a sus ojos, ganó su primer concurso de fotografía con una foto del Páramo de Guasca. Con el dinero del premio compró una Pentax K1000 que terminaría empeñando en Grecia, cuando Santiago estuvo “pelado” en uno de sus viajes.

En 1983, realizó su primera exposición colectiva en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en Bogotá. En 1985, viajó a Islandia y produjo la serie La otra orilla, un juego de objetos, situaciones y ambientes disímiles en un cuadro sin retoques digitales. Dos años después, algunas de sus fotografías fueron incluidas en la Colección Permanente del Museo de Arte Moderno de Bogotá. En 1985, hizo la serie El juego, en Norte de Santander. En 1987 inició su serie con los indígenas wayúu, una mirada menos antropológica y más artística.

La vida de Santiago Harker es un viaje que puede agotarlo, querido lector, por esa razón le recomendamos respirar antes de seguir: Ha expuesto sus imágenes en Viena, México, Venezuela, Nueva York, Dinamarca, Estados Unidos y Colombia. Tiene seis series fotográficas (incluyendo las que ya nombramos): Huellas de plata (2002), un registro del Camino de la plata, atestado de vaqueros y mutantes culturales de Estados Unidos y Méjico; la serie Lejanía (2000) que, en palabras de Harker, es “el testimonio de la existencia de una tierra sin fronteras en la que habitan seres y sombras de muchos lugares del planeta”; y la serie Infiernos & Paraísos (2002), una deliciosa muestra que presenta la interrelación entre la carne muerta que habita las carnicerías de Útica, Cundinamarca, y la delicadeza del cuerpo humano.

“Después de conocer a Santiago me dieron ganas de conocer lugares desconocidos: visitar páramos, volcanes, culturas que no conozco”, confiesa Jorge Panchoaga, fotógrafo, antropólogo y alumno de Harker en la especialización de fotografía en la Universidad Nacional de Bogotá. “Escuchar cómo describe las fotos que tomó, sus contextos, incitan mi deseo de ir a esos lugares para ver si encuentro esas locuras de las que él habla”.

Esas locuras, como dice Panchoaga, son el producto de un método meticuloso de práctica fotográfica: dejar que el azar te lleve a donde se le dé la gana.

“En Bogotá vengo a levantar plata y a ver a mi familia, a mi mamá y a mis amigos, pero cuando estoy de viaje es cuando estoy bien. A veces tengo bronca y quiero pegarle a todo el mundo; en esos momentos sé que tengo que coger mi morral. Voy al transmilenio, luego al terminal y arranco para cualquier pueblo”. Allí, en ese devenir, es que ocurre la magia. “Nunca tomo tours. Me quedo los días que quiero. Entre más encuentros cortazianos tenga, mejor”.

Harker conserva, de una u otra forma, las expresiones de un niño: siente bastante curiosidad por las cosas, se sorprende fácilmente, es inquieto y su imaginación está al servicio de sus encuadres. Todo lo anterior se une en una sola acción: viajar.

Esa necesidad por el movimiento, lo ha llevado a publicar cuatro libros de fotografía con Villegas Editores: Colombia inédita; Wayúu; Apalaanchi, pescadores wayúu; y Colombia de reojo. Este último, publicado hace unos meses, es la muestra fotográfica del viaje de cuatro años y medio de Harker por los lugares en que Codazzi y su expedición estuvieron a mediados del siglo XIX. Según el fotógrafo, el mejor libro que ha publicado.

Aunque su apellido revele su herencia europea, su vida está arraigada en Colombia. A este país, de sucesos extraños y absurdos, le ha dedicado su vida y ha retratado su vida: culturas y tradiciones llenas de color; paisajes exuberantes que contrastan con la sencillez de la gente; prácticas y escenarios extravagantes que ni siquiera un escritor de ciencia ficción imaginaría; magia cotidiana encerrada en cuadros azarosos. Cosas, diría Santiago Harker, que solo en Colombia se encuentran.

Por las razones anteriores, “porque cuesta más tomar fotos en Suiza que en Chita, Boyacá”, es que ensalzamos nuestro tono lírico hacia Colombia y hacia Santiago Harker; cada uno, a su manera, no para de sorprendernos día tras día.

Foto 1: Santiago Harker, Albuquerque. Serie Huellas de plata.
Foto 2: Santiago Harker, Ambalema.
Foto 3: Santiago Harker, Chalchiuites.
Foto 4: Santiago Harker, Cogua.
Foto 5: Santiago Harker, Ecuador.
Foto 6: Santiago Harker, Guaitarilla.
Foto 7: Santiago Harker, Guapi.
Foto 8: Santiago Harker, Jalisco. Serie Huellas de plata.
Foto 9: Santiago Harker, Lantacira. Serie Wayúu.
Foto 10: Santiago Harker, Manaure. Serie Wayúu.
Foto 11: Santiago Harker, Mexico. Serie Huellas de plata.
Foto 12: Santiago Harker, Mulakimana. Serie Wayúu.
Foto 13: Santiago Harker, Nochitlan.
Foto 14: Santiago Harker, Providencia.
Foto 15: Santiago Harker, Puerto Lopez.
Foto 16: Santiago Harker, Riohacha.
Foto 17: Santiago Harker, San Francisco.
Foto 18: Santiago Harker, Sandoná.
Foto 19: Santiago Harker, Sombrerete.
Foto 20: Santiago Harker, Sombrerete Mex.
Foto 21: Santiago Harker, Tausa. Serie Lejanía.
Foto 22: Santiago Harker, Tehuantepec.
Foto 23: Santiago Harker, Tuquerres.
Foto 24: Santiago Harker, Útica. Serie Infiernos & Paraisos.
Foto 25: Santiago.Harker, Útica. Serie Infiernos & Paraisos.