Los éxitos navideños de ayer y hoy

Por: 
David Jáuregui Sarmiento / @YDesparchado

 

El olor a buñuelo, natilla, lechona y –dependiendo del lugar– el de la pólvora son característicos de la Navidad. El exceso de iluminación casera, acompañado de montones de muñecos que representan a San Nicolás (Papá Noel), de pesebres en los que el Niño Dios está escondido y de filas monumentales en los centros comerciales, junto con las canciones que año tras año nos hacen recordar la Navidad pasada, son aquello que nunca puede hacer falta en esta festividad.

Es más, al menos en Colombia, podemos afirmar que no hay Navidad sin ciertas canciones de Los Hispanos, de Guillermo Buitrago o sin algunos villancicos cantados por grupos corales colombianos como los Niños Cantores de Prado. Algunas son súper éxitos legendarios en Colombia y otros países de Suramérica, y jamás hacen falta en las emisoras y en los compilados navideños. Ignorando lo profundamente depresivas que son, títulos como “Faltan cinco pa’ las doce” y “Mamá, ¿dónde están los juguetes?” son hits que viajan por el tiempo, sonando año tras año sin parar.

“Faltan cinco pa’ las doce” es la primera en la lista de éxitos, no solo porque la monotonía de ponerla cada 31 de diciembre, cinco minutos antes del fin de año, es una fórmula maquiavélica para garantizar el éxito, sino porque en realidad logra anudarnos la garganta apelando al recuerdo de nuestras madres, convenciéndonos de que lo único que importa es la familia y no la fiesta. La canción, escrita por Oswaldo Oropeza e interpretada por la tenebrosa voz de Néstor Zavarce, un venezolano nacido en la ciudad de Los Teques (Venezuela), es una pieza infaltable en Navidad, con todo y su inclinación a la tristeza.

Pero Oropeza, no contento con escribir una canción arrolladora para poner antes de iniciar un nuevo año, pensó también otra que todos conocemos, no tanto por lo bonita, sino por lo desgarradora: “Mamá, ¿dónde están los juguetes?”. En la canción, un niño le pregunta a la mamá en dónde están los juguetes del Niño Dios, esos regalos que la industria y la sociedad prometen, pero que a algunas personas no les llegan porque estamos en un mundo cruel que inventa una época de felicidad selectiva. Sin duda, Oropeza lo supo capturar en una canción. También, como si se tratara de un carnaval de manipulación, la canción suena año tras año justo antes de que las familias se abracen para celebrar una de las fechas más importantes del año.

No es por incitar a la teoría de la conspiración, pero puede parecer sospechoso que Oropeza, quien además murió en diciembre, se convirtiera en el rey de las canciones que suenan faltando cinco minutos para Navidad o Año Nuevo.

Sin embargo, no todo es pesimismo. “Yo no olvido al año viejo”, otra de esas canciones decembrinas muy populares, fue compuesta por Crescencio Salcedo, y con la interpretación del mexicano Tony Camargo se hizo inolvidable. Ese ritmo está dentro de nosotros como el ADN, está en nuestra memoria gracias a la insistencia de que el año que pasó no fue tan malo, a pesar de que nuestra mente nos dicte lo contrario. Todo esto comenzó en 1953, cuando Camargo grabó la canción en México como parte de su primer LP. Tremendo home run que se anotó el mexicano.

Otra canción popular en época de Navidad es la que tiene por coro la pregunta “¿Por qué te casaste, Adonay?”. Adonay, de quien todos alegan que no se sabe en realidad por qué se casó, tiene historias interesantes qué contar más allá de la que hizo parte del álbum De triunfo en triunfo (1970), de Los Hispanos. Se comenta que la canción es una alabanza religiosa escondida: en ella, según algunos sospechosos, Dios se convierte en una mulata que, a pesar del amor que siente por uno, se casó con otro. El único sustento verdadero de esa teoría es que, efectivamente, Adonay es el nombre para Dios en el Antiguo Testamento, o al menos en hebreo. Pero más allá de eso, el problema radica en que Adonay se casó, y todos los años nos recuerda que algo, por insignificante que sea, no nos salió bien durante los 365 días que pasaron.

Pero no todos los ritmos navideños son “guapachosos”; hay algunos que son realmente tristes como el de la canción “El tamborilero”, que cuenta la historia de un niño que a falta de nada mejor que ofrecerle al Niño Dios, le lleva la melodía de su tambor. Otra vez se queda en el aire esa idea de que el Niño Dios es pobre y que todo está bien, solo que al que le llevan la mirra, el incienso y el oro es al pequeño niño Jesús, que solamente en derechos de citas no podría ser pobre jamás. La canción, como muchos otros villancicos, tiene un origen dudoso, pero se dice que empieza en la República Checa, pasa por la traducción en inglés hecha por una estadounidense que firmó con el pseudónimo de C.R.W. Robertson y finalmente llegó a nuestros oídos cantada por un grupo coral de niños antioqueños.

Finalmente, falta otra muy recurrente: “La víspera de año nuevo”, que alguna vez sonó en una propaganda institucional que prevenía consumir alcohol y conducir en época de Navidad. Compuesta por Tobías Enrique Pumarejo e interpretada por Guillermo Buitrago, la canción cuenta cómo el personaje recuerda a su familia, a la que dejó por una morena, pero que “cuando la luna esté iluminada”, la morena, seguro lo tendrá para ella. No es tan triste como las demás y por lo menos reconoce otras formas de pasar la Navidad, más allá de autolacerarse faltando cinco minutos para las doce.

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