Teorías y caos del Escudo Nacional

Por: 
Andrea Melo / @Andreasemarea7

 

Este es el Escudo de Colombia, o eso dicen por ahí. Ha sido remendado trece veces sin reparo, tratando de acoger en su lienzo figuras que dieran cuenta de lo que pensaban aquellos que consideraron que este país era un reino. Es el dibujo que sale en hojas de membrete, edificios, banderas y libros de colegio. Este es el Escudo de la República de Colombia, que sobrevivió a caprichos y malentendidos de figuras poderosas y que hoy todos miran sin observar y sin entender que en él hay una parte de todos.

Es una suerte de “sancocho semiótico” porque concentra una mezcla de símbolos foráneos y criollos: aparece un cóndor de los Andes, especie que por estos días sobrevive milagrosamente en el país con apenas cien ejemplares; se ven dos cuernos que derraman el oro robado por los colonizadores, y un montón de frutas que actualmente importamos; también hay en él un gorro frigio que nació en la antigua Turquía pero que Europa adoptó como símbolo de libertad y que, para más ironía, albergó un territorio que ya es historia para nosotros, pues Panamá dejó de ser nuestra honra para ser ese hijo rebelde del que no queremos hablar.

 

Todo comenzó en una época en la que los españoles se paseaban a sus anchas en tierras ancestrales mientras los indígenas y criollos (individuos producto de violaciones o noches locas de los ibéricos) tenían que pedir permiso, incluso, para transitar por esos mismos territorios.

En 1717, se formó una entidad conjunta conformada, en un principio, por la ciudad de Santa Fe de Bogotá y luego por todo el territorio perteneciente a los reyes de Castilla y Aragón. Esta unión llevó por nombre Virreinato de la Nueva Granada y con él nació una primera versión, que paradójicamente, no dista mucho del actual emblema distrital.

 

Tenía un águila coronada cuyas patas sostenían dos granadas de gules (granadilla exótica de aquel tiempo, de color rojo intenso), con un borde azul rodeado por nueve de las ya mencionadas frutas en oro que representaban las nueve provincias que conformaban el Virreinato. No sé por qué hoy mantienen ese escudo con un ave menos draconiana que se confunde con los chulos y palomas de la Plaza de Bolívar, y tiene el mismo número de frutas importadas que no da cuenta de las veinte localidades de la ciudad. Pereza o chiste histórico, ahí está.

Pero para no dejar este punto en el aire hay que entender que las formas de gobierno posteriores al grito independentista continuaron con el nombre de Nueva Granada, sin saber, o ignorando a conciencia, que esto se debió al deseo de los reyes de recordar la conquista musulmana en el territorio homónimo, al otro lado del charco en 1492, y que replicaron en estas tierras de taparrabos y orejeras, en una cruzada que mal o bien cumplió su cometido: convertir “infieles” y unificarlos bajo un mismo credo y una misma lengua.

Y continuando con el chascarrillo histórico y frutal, en 1815, las Provincias Unidas de la Nueva Granada crearon un primera versión del Escudo que buscaba alejarse del legado español, y que contenía numerosos elementos propios de la naciente república: el volcán Chimborazo, el mentado cóndor andino, el salto del Tequendama, Panamá, varias granadas abiertas, un arco, un carcaj (cilindro de piel, madera o tela usado por los arqueros para transportar las flechas) y una flecha vertical. Tal vez el período más fiel a nuestra geografía y el más visualmente apeñuscado de la larga vida de este símbolo.

 

En 1819, ante la inminente independencia del país, los próceres de las campañas libertadoras decretaron la unión territorial y política de Venezuela, la Nueva Granada y Ecuador, creando la Gran Colombia, y se estableció que el escudo sería el hasta entonces usado por Venezuela “por ser más popular”. Con verlo, no queda sino decir que fue uno de los pocos reconocimientos a nuestros antepasados indígenas en un emblema nacional y que solo se dio cuando tres países hermanos se unieron. Dejaré esto por aquí y me retiraré lentamente.

Pero solo fue hasta veinte años más tarde que dieron con la fórmula ganadora creada por el diseñador Francisco de Paula Santander y que hasta hoy se conserva prácticamente intacta. Aunque es importante señalar que la orientación de lo que allí aparece sí que ha generado debate.

En la tradición antigua, la orientación de los escudos determinaba su legitimidad; si se inclinaban hacia la derecha, aquello que representaban se consideraba honorable, mientras que si se dirigían hacia la izquierda, era un signo de bastardía. En nuestro caso, el Escudo del general duró cerca de 114 años sin modificar hasta que el Congreso cayó en cuenta de que las figuras del cóndor, el gorro y los barcos estaban inclinadas hacia el lado incorrecto, hacia el lado “siniestro”.

 

 

 

Caprichoso y poco cuidadoso fue el trato que le dieron, pues los colores, trazos y orden han variado según la imaginación de este o aquel personaje que le tocó en suerte intervenirlo. También resultó afectado por la organización política de la nación que, dependiendo del momento histórico, fue Virreinato, Confederación, Estados Unidos y, finalmente, República. Lástima que no hayan llevado más lejos el berrinche del cambio nominal porque en este punto, este escudo se siente anacrónico y fantasioso; lo más parecido a un mito.

Un posible emblema bien podría tener una paloma o un copetón, aves que encabezarían este escudo por ser más visibles y conocidas por el noble colombiano; el oro y la fruta podrían convertirse en sancochos, ajiacos, bollos de yuca o cualquier otra riqueza alimenticia que nos llene el hambre que el oro no quita; en lugar del gorro en forma de caperuza podrían ir cadenas rotas o un machete, que reflejaría mucho más el “perrenque” del paisano que nunca se ha dejado, y en vez de cuerpo ajeno, un letrero que revele la tierra que aún no nos quitan. Pero no, decidimos quedarnos con el sueño de otro, aquí mirando el dibujito que se le ocurrió a un señor hace 200 años. ¿Nos quedamos sin imaginación o nos dio pereza?

Diego López para En Órbita, 2014

 

Toda clase de remiendos se han visto, pero también genialidades, donde artistas y caricaturistas se han dado cuenta de que los símbolos patrios son un gran sello de nuestro imaginario colectivo. Algunas versiones no oficiales del Escudo de Colombia, sátiras, críticas y parodias de un emblema que en nada se parece a su realidad, son las que se muestran a continuación:

Izq. Alfredo Greñas. Periódico El zancudo, 1890. 

Der. Caricatura periódico El duende, 1903.

 

Izq. César Almeyda, 1985

Der. Bacteria

 

 

 

Para finalizar, he aquí algo para el deleite de fanáticos y detractores: en los últimos diez años, hubo una sola propuesta que ha tenido gran estruendo, fue la del exgobernador de Sucre, Jorge Barraza, quien planteó cambiar el gorro frigio por el sombrero vueltiao y al istmo de Panamá por las islas de San Andrés. Faltaría ver si nuestras islas no terminan siendo de Nicaragua por caprichos meridionales y China no nos termina ganando el sombrero típico a punta de réplicas de bajo presupuesto.

 

Y así, mientras todos piensan en su “escudo ideal” o “real”, los dejamos con buena música de fondo, un playlist de canciones colombianas para celebrar hoy y siempre.

 

¡Feliz día de la Independencia!

 

 

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