No contaban con su astucia

Por: 
Andrea Melo / @Andreasemarea7

 

A sus 85 años, falleció Roberto Gómez Bolaños, más conocido como Chespirito, el señor de las historias infantiles que creyó en la risa, la inocencia y el amor como lenguaje universal.

“Como una forma de respeto al público este programa no tiene risas grabadas”, así comenzaba el cabezote de los programas de Chespirito que de entrada evidenciaba mucho de lo que pensaba su director; Roberto era un soñador de tiempo completo y su perseverancia le valió el respeto y la admiración de grandes y pequeños de todo el mundo.

Chespirito obtuvo su apodo de un derivado del diminutivo de la pronunciación española del nombre William Shakespeare, que el director cinematográfico Agustín Delgado le dio al cómico mexicano; una broma a su estatura y a su talento para escribir historias con cierto tufillo a las del dramaturgo inglés.

En su juventud estudió ingeniería pero serían la televisión y el cine sus grandes amores. Fue actor, comediante, escritor, guionista, compositor, director y productor.

La década de los setenta fue la que vio nacer al héroe Chapulín Colorado, al huérfano Chavo del ocho, al distraído ratero Chómpiras, al malgeniado y tonto doctor Chapatín, al periodista de pacotilla Vicente Chambón y al loco Chaparrón Bonaparte. En todos estos programas siempre estuvieron presentes Ramón Valdés, María Antonieta de las Nieves, Florinda Meza, Rubén Aguirre, Carlos Villagrán, Angelines Fernández y Édgar Vivar, quienes fueron sus leales compinches y los mismos que, a pesar de los dramas y envidias que parecen no faltar en la pantalla chica, siguen con la chispa intacta arrancando carcajadas a quien los mire tan solo unos minutos, aunque algunos de ellos ahora solo sean fantasmas.

 

El Chapulín Colorado

“Más ágil que una tortuga... más fuerte que un ratón... más noble que una lechuga... su escudo es un corazón... es ¡el Chapulín Colorado!”, así se daba inicio al primer programa dirigido y escrito por Roberto Gómez Bolaños. El personaje apareció por primera vez como un segmento del programa Los supergenios de la mesa cuadrada, de la Televisión Independiente de México, pero no demorarían en darle una hora completa al saltamontes rojo con calzones amarillos que se encargaría de salvar al mundo, desde entonces hasta nuestros días.

Fueron 238 capítulos donde resonó la frase “¡Oh!, y ahora, ¿quién podrá defenderme?”, una suerte de llamado divino que hacía que el superhéroe apareciera en escena para ayudar a cualquiera que lo necesitara. Lo genial del Chapulín no eran unos poderes fuera de serie, pues tan solo contaba con unas curiosas herramientas como el chipote chillón, las antenitas de vinil, las pastillas de chiquitolina y la chicharra paralizadora, sino un corazón que, aunque temeroso, siempre estaba dispuesto a enfrentar los más grandes peligros. El Chapulín Colorado fue una crítica humorística a los aplomados héroes norteamericanos y una muestra de que la voluntad de ayudar al otro es un principio universal.

 

Además de luchar contra momias en el antiguo Egipto, vaqueros del viejo Oeste o astronautas en el espacio, Chespirito también adaptó cuentos tradicionales para su estrella de corazón amarillo como El sastrecillo valiente, Blanca Nieves y Romeo y Julieta, devolvió a la vida a Johann Sebastian Bach y transformó dichos populares en cómicos adagios como “Ladrón que roba a ladrón es traidor al sindicato”, ”Líbranos señor de los distraídos, de los metiches líbranos señor” y “De Chapulín, poeta y loco, todos tenemos un poco”. Incluso, el ratón más querido del mundo, Topo Gigio apareció en un capítulo.

 

El Chavo del ocho

Contaba las aventuras de un huérfano que vivía en un barril junto a los miembros de una vecindad mexicana y donde, día a día, sus travesuras nos recordaban la dulce y sucia infancia. Muchas veces sentimos rabia por cómo Doña Florinda arrinconaba a cachetadas a Don Ramón, y recitábamos: “¡Qué milagro que viene por acá!”, para luego respondernos: “Vine a traerle este humilde obsequio”, esperando que ella concretara algo con el profesor Jirafales; también nos preguntábamos cómo el Chavo no tenía la frente gigante después de la lluvia de coscorrones que solía propinarle Don Ramón, y nos quedamos con la sospecha de si la Doña Clotilde era en realidad La Bruja del 71.

 

Chespirito no solo demostró ser capaz de escribir historias llenas de inocencia y humor, sino que también explotó sus dotes como compositor y poeta con las canciones Qué bonita vecindad, Churín churín fun flais, La juguetería, Si tú eres joven aún, mañana viejo serás y el famoso poema del Perro arrepentido.

Desde 1971 hasta 1980 fue emitido en varios países de Hispanoamérica, y luego pasó a formar parte de la franja de Chespirito, hasta 1992. Cinco años más tarde, hizo su aparición al aire en países de todo el mundo y hoy en día puede ser visto tanto en Brasil como en Angola.

 

El Chavo del ocho es más que veinte minutos de “no te juntes con esa chusma”; es un retrato del ciudadano común, del vecino, de la familia; madres y padres solteros, niños con pocas ganas de estudiar pero con muchas ganas de jugar, quejas por una alcurnia invisible, lamentos por no tener dinero pero tampoco deseos para trabajar y una envidia por la más mínima posesión ajena (podía ser desde el álbum del mundial hasta un avión nuevo). Todas estas historias eran narradas desde la voz de un niño de ocho años y nosotros, perplejos, veíamos cómo todas esas caricaturas cambiaban sus destinos porque, con un acto simple, caían en cuenta de que se necesitaban para ser ellos mismos.

Roberto Gómez Bolaños se une a un grupo de héroes, sin más poderes que los de la imaginación, que nos han dejado para convertirse en una idea y un sueño. Tal vez acogiendo su ejemplo y el de otros escritores, músicos y artistas que ahora se reúnen a tomar onces y bailar, decidamos cambiar el rumbo de una sociedad que añora encontrar su hogar. Chespirito no es mexicano o latinoamericano, es un genio del humor porque logró contaminarnos con la revolución de la alegría, y con cada una de sus letras, piruetas y bromas supo arrancarnos carcajadas en una lengua universal. 

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