El arte de los invisibles

Por: 
Andrea Melo / @Andreasemarea7

 

El Cartucho es conocido por ser uno de los rincones de la capital más temidos por los bogotanos quienes tiemblan cada vez que se hace mención del lugar o alguno de sus habitantes. Después de casi quince años de su transformación quisimos encontrar procesos donde el arte ayudó a miembros de esta comunidad a crear caminos alternos al sopor de las drogas y la violencia.

Pocos recuerdan ya el por qué uno de los sectores más conflictivos y densos de la ciudad le decían El Cartucho. Tal vez la imagen viscoza y gris que aparecía en los titulares de medios de comunicación cada semana se comió por completo la razón de existir de este lugar; las flores que adornaban casi todos los jardines de las casas del barrio Santa Inés y que ahora visten concreto, un cementerio de delirios y excesos que fue el refugio de invisibles e indeseables.

Unos dicen que el estallido de "El Bogotazo" fue el que propició la transformación de este lugar, pues los propietarios de casas comenzaron a emigrar al norte de la ciudad por lo que muchos de sus inmuebles fueron invadidos por personas de todos los estratos que hallaron el lugar perfecto para dejarse llevar por la droga, mientras que otros señalan la destrucción de la iglesia del barrio como el inicio del declive de esta comunidad.

Lo que sí es cierto, es que con la droga llegaron la prostitución, el narcotráfico, el sicariato entre otros males sociales, para crear un fecundo cultivo de dependencia y locura en las calles de la localidad de Santafé. Cadáveres en contenedores delimitaron los territorios de jíbaros que cuidaban que sus clientes estuvieran donde tienen que estar, en los esqueletos de casas enormes que una vez brillaron como joyas arquitectónicas pero que fueron desmoronándose hasta fundirse en uno con cada visitante que llegaba hasta sus puertas a "meter".

Foto: El Tiempo

 

Son Callejero

De estrellas de la salsa como Niche, El Nene y sus Traviesos, La Protesta, Pacho Galán, Washington y sus Latinos y Fruko y sus Tesos vienen ecos que se encontraron en las calles hace más de cinco años. Roberto Echeverría, Édgar Espinosa, Alberto Puello “El Halcón”, Antonio Ortiz y Ezequiel Knight son algunos de los músicos que componen Son Callejero, un proyecto musical de salsa que ha logrado sostenerse por amor al arte.

Dairo Cabrera fue el responsable de encontrar a cada uno de estos artistas que cargaban costales para recordarles que su legado no está en el pasado sino que puede ser su futuro. “Lo más importante es que volvieron a la música, a grabar una producción, a compartir escenario con grandes artistas como ChocQuibTown o Totó la Momposina”, dice Dairo. Pero a pesar de llevar varios años ensayando y haciendo presentaciones junto con el Distrito, la salud y alimentación inestables de sus integrantes, la falta de instrumentos y sitios de ensayo, y el intermitente apoyo a este tipo de agrupaciones ha hecho que su labor sea cada vez más difícil.

 

 

Por ejemplo, Alberto Puello “El halcón”, descubierto por el saxofonista Michi Sarmiento, mismo mentor de Joe Arroyo, que cantaba vallenatos sabaneros en barrios de su ciudad natal, Cartagena, se presenta en los buses para encontrar un sustento. Por otro lado, Antonio “Toño” Ortiz, el timbalero que venía de estudiar pedagogía musical en Alemania, apenas puede conversar después de un concierto: “Me duelen las articulaciones, no quiero pensar ni hablar, a duras penas he dormido”, dice.

 

Al final del concierto que se llevó a cabo en la Biblioteca El Tintal, la mística que se esparció en el escenario se desvaneció como el humo. Roberto peleó con Alberto porque le “robó” los clientes del álbum Las calles son mías, compuesto y producido enteramente por ellos, porque, a pesar de que varios medios han dedicado páginas enteras a este proyecto, aún falta mucho para que estos maestros de la salsa duerman sin pensar en el mañana.

“Los músicos viven de las pocas presentaciones que tenemos pero continúan viviendo en condiciones de marginalidad ya que no han tenido un proceso psicosocial permanente en el que se acompañen las problemáticas de cada uno”, afirma Dairo. Este proyecto musical no implica que todos sus integrantes hayan abandonado las calles o el vicio pero, según ellos, constituyen una familia que a pesar de las diferencias y necesidades ha ayudado a minimizar el abuso de sustancias.

 

 

El desalojo

No hay estadísticas o censos que den cuenta de quiénes vivieron en El Cartucho antes de su destrucción en 1999 para darle paso al parque Tercer Milenio. Esta decisión se ejecutó a través del Decreto 880 del Programa de Renovación Urbana para la recuperación del sector comprendido por los barrios San Bernardo y Santa Inés y sus zonas aledañas, durante la alcaldía de Enrique Peñalosa; días dramáticos para los habitantes de este sector, quienes denunciaron abuso de fuerza policial así como la desaparición de decenas de habitantes de la calle que después de las detonaciones y excavaciones no volvieron a verse. Esta intervención de los entes gubernamentales estuvo determinada por una regulación del tráfico de drogas, armas y reciclaje, que generaba pérdidas millonarias.

Archivo: Mauricio Santamaría

Para el año 2001, el Instituto para la Protección de la Niñez y la Juventud, Idipron, realizó el Tercer Censo Sectorial del Habitante de Calle en Bogotá, que arrojó una cifra total de 10.477 personas en esta condición para la capital, de los cuales 3.312 (es decir, el 31,6%) se encontraban en la localidad de Santa Fe, a la que pertenecía la calle del Cartucho. La idea de controlar una “cloaca” que gritaba ilegalidad no impidió que otros sectores de la capital se fueran consolidando poco a poco como “ollas de droga”, como es el caso de la calle del Bronx, la zona de Cinco Huecos, los barrios Santa Fe, La Favorita, Las Cruces y la vecindad de Corabastos.

 

El drama del poeta

De Son Callejero también surgieron artistas que han recorrido caminos paralelos al de la música, como Alberto López de Mesa, de 54 años, conocido como “el Poeta”, que compuso tres canciones para la orquesta. Desde hace ya varios años que transita las calles en busca de droga, pero cuando no está cazando estupefacientes escribe novelas y obras de teatro.

Alberto es maestro de artes escénicas de la ASAB, dramaturgo y escritor y se reencontró con las artes en 2010 en unos talleres de los hogares de paso de la Secretaría de Integración Social, en el barrio Santa Fe. Allí conoció a Rafael Navarro, artista plástico y exmiembro de esa institución, con el que fundó el colectivo de títeres y teatro Saperoco, que busca concientizar a niños, jóvenes y adultos sobre la invisibilidad de los habitantes de la calle y el cuidado del medio ambiente. Y es precisamente la conservación de los recursos hídricos el tema de su nueva obra Joaquina y el agua, que se presentará desde el 9 de diciembre en la Casa La Redada.

“Lamentablemente, él sigue en la calle, pero sigue pendiente de las obras; él es nuestro maestro, el que escribe y dirige lo que hacemos”, dice Rafael.

 

La destrucción de espacios no es una opción

“A pesar de que el plan de recuperación de espacios ha sido la bandera de varios gobiernos distritales, las cifras contradicen las aparentes mejoras que este proyecto planteó en un principio, pues ha habido un aumento en el número de habitantes de calle en la ciudad, ratificando así la ineficacia de este tipo de políticas de higiene y embellecimiento urbano que generan problemas sociales y no brindan soluciones a los afectados”, afirma Andrés Góngora, antropólogo de la Universidad Nacional.

Paralelamente, hay una discontinuidad en los censos y estudios demográficos que permita diseñar políticas específicas para cada una de las nuevas “ollas”, identificadas y no identificadas, sumado a un apoyo interrumpido a procesos de resocialización y acompañamiento de estas personas en condiciones de vulnerabilidad. “El mal no es que los habitantes no se vinculen a estos procesos, porque si les gustan se meten, sino que la burocracia sea la que perjudique tanto a los habitantes de la calle como a los proyectos”, dice Rafael Navarro.

 

Street Shopping

 

La Fundación Pocalana surgió hace 22 años trabajando con habitantes de la calle y niños en alto riesgo social. Desde entonces, sus miembros han creado una escuela de formación de fútbol y una escuela de arte para niños en el barrio el Mochuelo, en Ciudad Bolívar, que busca construir espacios lejos de las drogas y la violencia.

 

Recientemente se unieron con la Fundación QUO para construir un centro comercial dedicado a recicladores y habitantes de la calle que pretende facilitar “sus compras de navidad” y así no tengan que esperar en los semáforos a que alguien quiera regalarles algo. Allí podrán disfrutar de una plazoleta de comidas, una zona de diversión, tiendas para adquirir ropa y juguetes e, incluso, un valet parking para sus medios de movilización.

Para todos aquellos interesados en ayudar a los habitantes de calle habrá una cita el próximo sábado 6 de diciembre, a partir de las 6:30 de la tarde en la calle 97 con carrera 15, aunque se podrá llegar desde las 3:00 p.m. “Para los que nos quieran donar juguetes, comida o ropa, recuerden que recibimos cosas que ustedes les regalarían a un familiar’’, advierte Daniel Herrera, director de la Fundación Pocalana.

Comprender el fenómeno social de “ser un habitante de la calle” va más allá de darles un pan o una prenda de vestir, tiene que ver con una política pública que trascienda elecciones e intereses particulares para posibilitar una reinserción a la vida civil, no solo de ciudadanos que ejerzan sus derechos sino de seres humanos con una calidad de vida digna. Muchos procesos de arte se han llevado a cabo antes, durante y después de esta pesadilla llamada Cartucho donde, a pesar de que no todos viven para contar su historia, hay personas que creen que la convicción y las acciones son el camino para salir adelante.

 

No se trata de una victimización de los habitantes de la calle, ni tampoco de una estigmatización, sino de repensarnos más allá de la película rosa de nuestra vida para comprender que todos tenemos historias que contar y que el no tener dinero no puede significar una anulación de la existencia.

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