Más que turbados

Santiago Rivas @Rivas_Santiago

 

Ya cancelaron la aplicación que la revista SoHo buscaba poner en las tiendas de aplicaciones para dispositivos móviles. La cancelaron, pidiendo disculpas además, antes de que Carolina Sanín viera publicada su columna en la revista Arcadia, en la que habla sobre esta iniciativa del departamento comercial de una publicación que ha usado por años plumas con cierto nombre (incluyendo el de bastantes mujeres y el mío también, qué le vamos a hacer) para enaltecer un tipo de pornografía mixta, resultado de añadir a los desnudos femeninos la idea de la fama, o bien de añadir a la fama de la farándula, y su sex appeal natural, el morbo que viene con el desnudo, así sea parcial.

Los términos que Carolina Sanín usa, lo mismo que sus argumentos, son hirientes. Habla de agresiones sexuales potenciales y de barbarie, lo que a todos aquellos que no pensamos en atacar a las mujeres sexualmente ni nos consideramos bárbaros, nos saca de lugar. Por eso, tal vez, el columnista Julio César Londoño atacó la columna de Sanín y encima usó referencias y frases demasiado agresivas para quien busca hacer una defensa de algo que considera venial. Es decir, que Londoño cree que la aplicación es más un asunto trivial, una celebración de la belleza femenina y posiblemente se sintió herido o atacado, tal vez juzgado en la forma en que entiende su propia sexualidad, razón por la cual incluso llegó a expresar que le parece que Carolina Sanín “aguanta”, como si usando el mismo mecanismo de la famosa app fuera a convencer a alguien de sus bondades.

La discusión no fue trending topic, pero generó repercusiones de todo tipo. Los clásicos ataques contra las feministas, para empezar: que son malas en la cama, que son viejas regañonas, que tienen envidia de las mujeres bonitas, que odian a los hombres y ese larguísimo etcétera de ofensas, surgidas de la impotencia masculina o del miedo a la incomodidad que sufren muchas personas, hombres y mujeres por igual. Los temas incómodos son los que vale la pena tratar, y estar demasiado pendiente de si algún tema se vuelve TT en twitter es un comportamiento esencialmente pornográfico, de manera que voy a tratar de esbozar mi opinión en este tema.

Para empezar, creo que la aplicación fue una pésima idea. Incluso si no nos vamos tan lejos como para pensar que van a atacar sexualmente a mujeres por cuenta de ella –que podría pasar perfectamente en nuestro país–, es necesario tener en cuenta que no todas las agresiones sexuales requieren de contacto físico. Proveer a los hombres de un mecanismo que valida y facilita el acoso, por leve que sea, es un error. De la misma forma, no puede ser que una mujer, por cuenta de su belleza, pierda su derecho a estar tranquila, leyendo, comiendo o haciendo lo que sea.

La sola imagen de un mirón que empieza a tomarle una foto a una mujer como si estuviera en un safari es ofensiva, pero además la utilidad publicitaria de la bendita aplicación es invasiva y grosera. Para pasar a este punto, primero debemos preguntarnos a quién le servía en realidad crear la aplicación. En primer lugar, a SoHo, que se vuelve la entidad que sin gastarse un peso, empieza a patrocinar la belleza femenina, como si eso se pudiera. Es decir, se hacen dueños de las mujeres del país, siempre y cuando a su público objetivo –los hombres heterosexuales no castrados– les interese tenerlas “en el radar”. De esta manera, se amplía el ejercicio de la revista a la vida cotidiana. Que ya pasa, porque los niveles de acoso a los que se someten a las mujeres en las oficinas, calles, medios de comunicación y todo tipo de establecimientos ya es mucha, pero en este caso, tendría el sello validador de una publicación de renombre.

Le servía a SoHo, además, porque pondría a los locales de todo tipo, como restaurantes, tiendas, bares y centros comerciales, a promover la aplicación, buscando que los hombres reportaran el avistamiento de “viejas buenas” en el lugar, de manera que eso atrajera a otros hombres que, sin ver fotos ni evidencias, empezarían a recibir un mapa de los sectores en los cuales se “avistan” más “viejas buenas”. De acá en adelante, casi todo pueden ser comillas, porque empieza el reino de la fantasía, el mismo del que viven la publicidad convencional y la pornografía. De manera que un hombre podría decidir “irse de cacería” a un sector con “alta población o concurrencia de viejas buenas” a probar sus “posibilidades” de “levantarse una vieja buena”, sea por “labia”, por apariencia o por plata “porque para ‘levantar’ se necesita plata (frase récord con metacomilla inception y paréntesis explicativo)”.

Pero la verdad es que los hombres no van a hacer eso, al menos no la mayoría. Por eso Julio César Londoño decide hacer uso de cierto exceso de testosterona y usa palabras como “hiperestésica”. Además, le recrimina a Carolina Sanín columnas pasadas, que de ninguna manera pienso defender; pero vale la pena decir que uno puede perfectamente errar en una columna y en otra no, que la misantropía de uno no es una excusa para el sexismo de otro y que las hormonas pueden nublar cualquier cerebro. Londoño, creo yo, no construye un argumento sólido en contra de la columna de Sanín, simplemente da a entender que está exagerando, que no es una calumnia gigantesca, pero no es el caso. La acusa también de ser excesivamente correcta, como si no fuera ya un cliché de los bienpensantes creer que son malpensantes solo porque la revista de mujeres en bola que leen está llena de artículos interesantes. Correcto en exceso, creo yo, sería tratar de quedar bien con la mayoría dominante.

Lo primero a vencer, opino, es esa comodidad conchuda que nos hace creer a los hombres que de verdad podría estar bien clasificar y “reportar” a las mujeres, haciéndoles pagar un precio cada vez más alto del que ya pagan, por esa belleza que no podemos “poseer” y por lo tanto decidimos destruir, o “bajar de nivel”, como hacemos cuando decidimos que todas las modelos y actrices son prepagos, que todas las mujeres bonitas son antipáticas o brutas y que todas las feministas son lesbianas castradoras que ni siquiera disfrutan del sexo que nosotros les hacemos el favor de darles. Muchos hablan de “celebrar la belleza femenina”, y eso estaría bien si no se tratara de un grupo de publicistas que están usando el frágil ego masculino para explotar, sin dar nada a cambio, esa belleza que no es una cualidad intrínseca, sino un activo comercial.

Hay mucho de bueno en que los hombres nos masturbemos en privado, porque la privacidad nos permite trazar límites entre la fantasía y la realidad. La publicidad, los buenos artículos, la cultura o la tan mentada belleza de las mujeres colombianas no son excusas para promover que siquiera se las incomode a esas pobre “viejas”, que ya bastante tienen con un sistema que las obliga a creer que esa belleza es su único talento, que cualquiera puede perfectamente gritarles vulgaridades impunemente y que deben permanecer así por siempre, sin engordar ni envejecer, para que los hombres tengamos pornografía interminable, de la suave y de la dura. No hay que sentir vergüenza por la masturbación, que es perfectamente normal, pero tampoco se vale ir por el mundo extendiendo nuestro onanismo de forma vergonzosa.

De manera que el problema es de todos nosotros. Siempre lo fue y lo sigue siendo, porque está claro que los que crearon esta aplicación de SoHo no son las personas más brillantes del planeta, pero no habrían producido semejante idea de no ser porque viven en un país que aprueba estos comportamientos y los acolita. Como ya les dije, esta app ya no existe. Bien por ellos: pidieron disculpas, la bajaron de la red y le dieron la razón a Carolina Sanín y a todas las mujeres que se quejaron en su momento (esto seguro Julio César Londoño no lo sabía), así que tal vez esta discusión sea inútil perpetuarla. No creo que esté mal desear a las mujeres ni mirarlas, pero creo que este es un buen momento para plantearnos un par de reflexiones sobre los límites de nuestro deseo y las consecuencias de nuestra impotencia ante una belleza que siempre será un misterio.