“Breakfast at Tiffany’s” y el encanto de las vitrinas

Nadia González Bautista / @nadieshda007

 

Sobre Breakfast at Tiffany’s (conocida en español como Desayuno con diamantes) se han dicho muchas cosas, la mayoría relacionadas con el impacto que tuvo esta película en el mundo de la moda y la consolidación de Audrey Hepburn como ícono indiscutible hasta nuestro días. Sin embargo, la intención de este texto es la de recalcar la importancia de este filme en épocas navideñas, al evocar con nostalgia y poesía el encanto de las vitrinas.

De todas las fechas que el mercado ha inventado o reinventado comercialmente (San Valentín, el Día del Amor y la Amistad, Halloween), la Navidad es aquella en la que chicos y grandes nos solazamos al ver una vitrina, como lo hacía Holly Golightly en Breakfast at Tiffany’s.

Pese a que no es propiamente un relato navideño, la atmósfera de este filme recuerda la magia característica de esta época, con sus vitrinas bellamente adornadas exponiendo productos de lujo. Es evidente el papel que cumplen dichas vitrinas, es decir, el mercado, en las vidas de aquellas personas adultas, solteras y sin hijos que encuentran allí la tranquilidad y el sosiego de los que carecen en sus espacios cotidianos.

Si la intención de este texto fuera la de hacer una lectura convencional de la película, podría decirse que los excesos en la apariencia de Holly, el personaje interpretado por Audrey Hepburn, evidencian los vacíos emocionales de la protagonista, colmados de un concepto de elegancia que raya en la parodia. No obstante, prefiero pensar que la gracia de este filme se encuentra precisamente en el desenfado de los personajes, que proyectan estas caricaturas de sí mismos con pleno conocimiento de causa.

La imagen de Holly Golightly, que se ha tomado cotidianamente como paradigma estético y estandarte de la moda en bolsos, billeteras y otros accesorios, exhibe una idea de sofisticación tan racionalmente concebida que funciona en el contexto de la película en tanto reafirma la caracterización de unos personajes que se saben estereotipados pero bellos, jóvenes y con el mundo a su disposición.

Esta imagen icónica no es un retrato de Audrey Hepburn, la actriz, es más bien una representación que, según se ilustra en el propio filme, resume la frivolidad distintiva de ciertas clases sociales. El personaje de Holly es el de una mujer de origen humilde que muy hábilmente halla en este glamour prefabricado el disfraz que mejor se ajusta a sus aspiraciones de vida. Lo único que parece ser real para ella es el recuerdo de su hermano ausente, dolor acallado bajo el bullicio de las fiestas realizadas en su pequeño apartamento.

Es curioso cómo este estereotipo, concebido con ingenio para Breakfast at Tiffany’s, ha sido asumido como un referente desligado de dicho imaginario ficcional. Quizás por eso mismo este personaje es tan eficaz, pues sin necesidad de conocer el relato se entiende que esta imagen, en un comienzo caricaturizada, reúne lo necesario para suplir las expectativas de un mercado ávido de elegancia, belleza, garbo y carisma, una combinación que no se encuentra a la vuelta de la esquina. Es así como Holly Golightly, el ícono, se trasladó al otro lado de la vitrina.

El mismo título de la película sugiere que las vitrinas, en cualquier época del año y especialmente en Navidad, siempre podrán permitirnos evadir la realidad y fantasear con ser otra persona. De pronto de tanto mirarlas nos suceda lo mismo que a Lula Mae y nos convirtamos en Holly Golightly: el sueño de hombres y mujeres.