Para que “siempre viva”

Sofía Arrieta / @medeatica

 

Colombia está viviendo un momento muy particular que resuena con episodios ya vividos hace unos años. Hace casi treinta años ocurrió la Toma del Palacio de Justicia, y la impunidad, el silencio, el olvido y la indiferencia han hecho que nos olvidemos de lo sucedido. Para no seguir repitiéndonos, para observarnos con detenimiento y para intentar entender, vale la pena entrar en contacto con La Siempreviva.

Si alguien me preguntara qué obra de teatro deberíamos ver todos los colombianos, sin lugar a dudas respondería: La Siempreviva. Se acaban de cumplir 29 años de la Toma del Palacio de Justicia y aún hoy la confusión, la impunidad y el silencio son el resultado del paso del tiempo y se han ido endureciendo como una costra que impide llegar a la verdad, el entendimiento y la reparación. Y si bien, ese 6 de noviembre de 1985 está tallado con dolor en nuestro recuerdo, pues es imposible olvidar las imágenes del Palacio en llamas, de las caras de pánico de quienes corrían despavoridos por la Plaza de Bolívar, no es posible olvidar la angustia en la voz del presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, mientras le pedía al presidente Belisario Betancur que exigiera un cese al fuego por parte del Ejército Nacional como única salida. Lo terrible es que detrás de esas dolorosas memorias existen un terrible vacío y un silencio asfixiante que prolongan la tortura. Es ahí donde La Siempreviva surge como un alarido liberador que resulta necesario en la historia nacional.

Debieron pasar casi diez años para que Miguel Torres pudiera escribir sobre lo ocurrido en ese noviembre portador de muerte. En 1992 arranca el proceso de escritura y en 1994, después de muchas versiones, decanta y pule la pieza hasta que se estrena. Si bien el elenco ha sufrido unos pequeños cambios, se puede afirmar que casi todos los actores han estado vinculados al proceso inicial de la obra. Pues según él mismo explica, los personajes fueron escritos teniendo en mente quién los representaría. El reparto: Carmenza González (Capacho), Carmenza Gómez, Lorena López, Pablo Rubiano, Alfonso Ortiz, Jeny Caballero, Gilberto Ramírez, Alberto Valdiri y Eduardo Castro. Hasta el 2006, la obra se presentó en el patio de la casa en La Candelaria que fue la segunda sede del Teatro El Local, compañía que el mismo Miguel Torres había fundado en 1970. La obra ocurre en un inquilinato de ese mismo barrio del centro de Bogotá y supongo que en esa versión (que no la vi pero que ya es un mito del teatro colombiano) los personajes deambulaban con total naturalidad por toda la casa mientras los espectadores fisgoneaban la vida íntima de este grupo. El público estaba allí atento viendo cómo los trapos sucios se lavaban al interior de esas paredes. Asumo también que el momento que revive la explosión y la Toma del Palacio de Justicia apoyándose en fragmentos de radio y televisión reales de esa época debe ser un momento en el que los espectadores (al menos los locales) sentían que esa casa era su casa, que ese patio era el patio en el que deambulaban sus recuerdos y que esa Candelaria no es otra que La Candelaria en la que palpita el corazón herido de este país.

No obstante, la casa de La Candelaria ya no es más el escenario en el que se presentan; desde el 2011 la obra fue adaptada para presentarse en salas. Esa versión fue la que yo vi en la Casa del Teatro Nacional y aunque puedo imaginarme que ambas situaciones para el público son distintas, creo que Sandro Romero acierta cuando dice: “De cierta manera, ver La siempreviva en una sala más o menos convencional se convierte en una nueva experiencia; donde lo que antes era hiperrealista ahora se vuelve alegoría, donde los personajes adquieren una nueva dimensión al re/presentar lo que antes era una ceremonia de inquilinato”. Por otra parte, el hecho de que veinte años después los mismos actores interpreten los mismos personajes hace que la obra encarne realmente el peso y el paso del tiempo. Los personajes de esta obra, que son fantasmas, han ido madurando mientras repiten noche tras noche verdades estremecedoras que nos interpelan.

Foto: Carlos Duque

 

Hace unos días me encontré con Miguel Torres para charlar sobre la obra. Resulta profundamente conmovedor oírlo hablar con tanta emoción de una pieza que ha sido representada cientos de veces. Habla de ella con el mismo amor con el que habla de sus hijos y, como en el caso de una hija, se sorprende por la vida propia y el crecimiento de La Siempreviva. Le pregunto por el carácter político de la pieza pues es claro que con ella se atrevió a nombrar lo indecible, lo que hace que la pieza tenga un importante peso político, pero él me explica que no había una ideología que antecediera la dramaturgia. “Es un teatro donde los personajes confrontan sus ideologías y la posición política sale de la obra, no está impuesta por el director ni por el autor”. Hablamos y me cuenta que el fatídico 6 de noviembre él se encontraba en un edificio en la séptima con 12, muy cerca de la Plaza de Bolívar, y que en medio del desconcierto y la bulla de los disparos salió a la calle y que solo hasta llegar a su casa y encender la radio y la televisión, entendió bien qué era lo que estaba pasando. “Yo siempre quise hacer algo sobre el Palacio de Justicia y terminé haciéndolo sobre los desaparecidos porque ese es un tema que a mí me mueve mucho: la desaparición, la búsqueda. Entonces en el 92, el Instituto de Cultura abrió una convocatoria de financiación para un montaje y yo mandé una propuesta como director del Teatro El Local”.

Le pregunto cuál fue la recepción del público de las primeras funciones: “La gente empezó a recibir la obra con una conmoción y con una emotividad. Parecían decir: ‘Esto es algo que nos faltaba, que nadie lo había dicho’. Y creo que es cierto. Creo que nadie lo había hecho antes teatralmente o artísticamente. O tal vez sí. Pero lo primero que tuvo una presencia fue esta obra. Y luego lo que empezó a conmover mucho fue la gente que llegaba a verla y que tenía que ver con la desaparición. Los mismos padres de Cristina del Pilar Guarín, que fue como un modelo que yo tomé para el personaje de Julieta, mi desaparecida”. Los padres de Pilar Guarín ya se conocían con el dramaturgo desde el proceso de escritura, puesto que el abogado de los familiares de los desaparecidos, Eduardo Umaña Mendoza (que fue asesinado en 1998 por miembros de la banda La Terraza) los había puesto en contacto. “Lo que pude hablar con ellos me sirvió mucho para afianzar el personaje de la ficción. Ellos estaban muy agradecidos porque decían que era la primera persona que hacía algo realmente por darle presencia al dolor de los familiares. Yo nunca lo hice con esa intención. Me interesaba el problema de la desaparición, la impunidad, el delito, las víctimas, el olvido y la memoria. Pero empezaron a llegar los familiares de los otros desaparecidos. Se fueron apropiando de la obra. Hacíamos funciones con ellos y con público y discusiones al final. Y entonces la obra fue ganando un auditorio muy grande y fue teniendo unos dolientes. Eso hace también que la obra tenga un vínculo muy estrecho, muy doloroso, muy afectivo, con los familiares y en realidad con la gente que la va a ver porque todo colombiano sufre las consecuencias de una tragedia de esa naturaleza”.

Hablamos también sobre la incidencia del arte en el mundo real: “Es muy poco lo que el arte puede hacer. La gente sobredimensiona mucho eso. El arte logra quizás una cierta transformación en el espectador a un nivel individual, le cambia el pensamiento, le cambia la mirada acerca de la realidad. No el arte en general, algunas obras de arte. Y ese espectador es el que puede cambiar la realidad. Pero la obra directamente no opera como la penicilina sobre el cuerpo sino a través de los espectadores que la reciben”.

Foto: Claudia Tobón

 

¿Y el público joven cómo reacciona? “Para ellos es una revelación, un impacto extraordinario. El teatro se llena de gente joven, de 17, 18, 20 años. Ellos quieren que les cuenten cómo es este país. Y los medios que hay en la realidad (los periódicos y la televisión) no les cuentan y de pronto el arte sí les cuenta. Es increíble el poder que tiene el teatro sobre eso: sobre la historia, sobre el pasado, sobre la memoria. Cuenta de una manera distinta, a través de fantasmas. Cuenta cómo pudo ser una realidad palpable, tangible, de cañonazos, de muertos, de balas, de sangre, en una casa de un barrio, con una gente del común que sufre unas pequeñas desventuras, unos pequeños conflictos, unas pequeñas alegrías y de pronto se atraviesa esa tragedia y se les mete en la casa. Y allá todo se desvanece, todo se desmorona, todo se vuelve triste. Que es como una especie de microcosmos de lo que pasó en el país. A partir de la toma y retoma del Palacio de Justicia el país ya no fue el mismo. Es decir, el 7 de noviembre de 1985 el país ya no fue el mismo del 6 por la mañana. Tanto como lo cambió el 9 de abril de1948”.

En el prólogo de la hermosa edición que publicó la Editorial Tragaluz de La Siempreviva, Ricardo Silva dice: “Miguel Torres sabe que el verdadero realismo descubre que sí existen los fantasmas: que decir la verdad sobre Colombia es decir la verdad sobre sus muertos”. Y a mi pregunta de si nos habremos acostumbrado a vivir con los fantasmas, sin reclamarlos, sin exigir explicaciones, el dramaturgo me dice: “Este país es muy desmemoriado, pero no tanto porque el país olvide, es que aquí la memoria está sepultada bajo una capa de olvido que ha sido producto de la negación y el ocultamiento. Entonces mucha gente no sabe qué fue lo que pasó porque recibe unas versiones muy efímeras, muy superficiales de lo que ha ocurrido. O las versiones oficiales que siempre favorecen al Estado”.

Es así como veinte años después de escrita la obra y casi treinta años después de la Toma del Palacio de Justicia parece que casi nada ha cambiado. Es por eso que esta obra está tan vigente y su contundencia es tan determinante en su público. Ante la posibilidad de un escenario de paz se levantan voces que discuten, pues unas prefieren una solución armada, mientras otros preferimos una salida negociada. Pero creo que todos, sin excepción, deberíamos escuchar el clamor de las víctimas, y creo que es ahí en donde se debe luchar para que esta obra se mantenga siempre viva. O al menos hasta cuando se haga justicia, como dice Lucía, la madre de Julieta, la desaparecida: “La justicia no se hace con dinero. Mientras puedan pagar los muertos de este país será muy fácil seguirlos matando. Yo solo quiero que se castigue a los culpables, que alguien pague por lo que pasó y que un crimen como este no se vuelva a repetir. ¡Yo solo quiero que me devuelvan a mi hija y que me la devuelvan viva!”.

Foto: Lina Rozo