Aprendiendo en Quimbaya

Santiago Rivas @Rivas_Santiago

 

Estuve entre el 6 y el 8 de diciembre en el municipio quindiano de Quimbaya. Cuando me llamaron para hacer parte del jurado del Festival Velas y Faroles, no supe bien qué esperar. Tuve la oportunidad de compartir con los otros jurados, de naturalezas muy disímiles, pero cada uno con algo que aportarle a un pueblo y una comunidad que estaba ávida de reafirmación. Poco a poco, pude encontrarme con un par de ideas que quisiera compartir con todos ustedes, porque están relacionadas entre sí y me hacen pensar sobre la forma en que estamos entendiendo nuestro papel con respecto al mundo que nos rodea

 

1. Los faroles

El Festival de Velas y Faroles de Quimbaya, Quindío, es un evento que gira en torno a una manualidad. Como una tradición de este municipio, que se ha extendido a todo el Quindío, la celebración católica de la inmaculada concepción, que da vida a la noche de las velitas o noche de las luces, se convierte en una festividad de dos días, en la que los quimbayunos deben diseñar un farol y un “vitral”, que es en realidad un farol grande, de un metro de alto o más.

Hacerlos requiere de tres habilidades básicas: en primer lugar, hacer un dibujo que pueda convertirse en un esténcil, gracias al uso del bisturí. En segundo lugar, colorear el dibujo usando papel seda o celofán (la diferencia es que el papel seda deja salir la luz pero no deja ver la vela) y finalmente construir una estructura sencilla, que mantenga su forma y funcione como parte de un alumbrado. Esta labor se replica en muchas cuadras de la ciudad, las cuales participan para tener el mejor alumbrado, el mejor diseño de vitral y el mejor diseño de farol. Como el mayor premio que se otorga es el de alumbrado, eso quiere decir que tienen que hacer muchos faroles si quieren de verdad iluminar una calle y hacer un trabajo notorio y vistoso. En la mayoría de las calles participantes (en las que se puede), quitan la luz para que se pueda apreciar bien la intención de los creadores, pero igual se requiere de al menos setenta faroles medianos para decir con tranquilidad que se hizo un alumbrado, sin contar la creatividad que su ubicación requiere y la forma en que quieren que se vea, por detrás y por delante.

Todo esto que les cuento es porque ver todos estos faroles –en esta edición se iluminaron 201 cuadras, de las cuales 144 estaban participando– me hace pensar en el poder de la humildad y la paciencia, dos virtudes que a menudo olvidamos, porque vivimos sometidos al régimen de lo inmediato. Tenemos los medios y la tecnología a la mano, de manera que subestimamos el poder de la sola inteligencia y nuestra capacidad de hacer cualquier cosa con paciencia y sacrificio. Recordé Cuba y sus directores de arte, contabilizando cada centímetro de cinta de enmascarar. Recordé esas obras de arte que, en respuesta a la grandilocuencia de la tecnología y la supremacía de lo espectacular, basan su construcción en la repetición de una acción sencilla, un oficio olvidado o el uso de un material blando, aparentemente insignificante. Ahora que podríamos estar reviviendo todos los días las enormes posibilidades de la creación de bajo presupuesto, nos dedicamos a cumplir con una convención innecesaria y a sobrevalorar la tecnología.

Los habitantes de Quimbaya no conocen esas obras de arte, ni han ido a Cuba, al menos la mayoría. No viven en un régimen que los obligue a economizar recursos, pero el corazón del festival que deja un hito en su calendario todos los años es el acto sencillísimo de trazar un dibujo, cortarlo, colorearlo y convertirlo en un homenaje que año tras año hacen a la Virgen María y a su propia historia. Las manualidades, el valor enorme de la inocencia y las tradiciones que de corazón se convierten en un acto creativo dinámico y vigente, deberían enseñarnos más sobre el poder que tenemos en nuestras manos, cuando usamos la cabeza.

 

2. Turismo e identidad

Toda esta reflexión sobre los faroles me hace pensar sobre el gran tema del fin de semana: la necesidad de hacer crecer el festival, con el objetivo de convertirlo en patrimonio cultural de la nación o un atractivo turístico de peso para el mundo, lo que pase primero. Mucho se habló de que las posibilidades de Quimbaya para hacerse un verdadero atractivo turístico, gracias al Festival, eran grandes.

Pero además, y sobre todo, se hablaron, a partir de la idea del turismo, cosas muy interesantes; de hecho, se empezó por hablar sobre la forma en que el turismo ha cambiado, pasando de ser una búsqueda compulsiva de postales en directo (imágenes estáticas como la torre Eiffel o las murallas de Cartagena), a ser una búsqueda constante de experiencias e historias. Se habló sobre la importancia de reforzar lo que somos para mostrarnos al mundo y sobre las historias como la base del nuevo turismo. Se habló incluso sobre la relación que el fuego tiene con las religiones y yo insistí en que la religión moderna, que es la televisión, funciona gracias a que los televisores cumplen el papel que las hogueras cumplían en la antigüedad.

Todo lo que dijimos posiblemente es verdad, pues estaba rodeado de gente experta, sensible y creativa; gente muy inteligente, conocedora del país, del mundo y del corazón de los demás. Sin embargo, me quedó faltando una reflexión final: el turismo no debería importarnos. Al menos no tanto. Es cierto que es el segundo mayor negocio en el planeta, es verdad que es una gran fuente de ingresos y de posibilidades de intercambio, que es una posibilidad de ascenso social y visibilidad mediática. Además, es inevitable que vengan de otros países a vernos y eso está bien. Precisamente, siendo que de todas formas van a venir, valdría la pena haber reforzado más la idea de la identidad. No esa que llega gracias a la validación de otros, ni siquiera de los expertos o la gente “importante” que hemos llamado con ese objeto. No la identidad que se hace a punta de gritar sin fundamento ni control sobre lo bueno que es haber nacido en tal o cual lado, como los patriotas que luego desplazan, roban o asesinan a sus compatriotas.

De hecho, la identidad es tan simple, que es difícil hablar de eso. Tan simple quizás, como un farol de cartulina que oculta una vela. E igualmente frágil. La identidad que tenemos que construir tiene que nacer de nuestro ser y nuestro carácter, pues la palabra identidad denomina la cualidad de ser idéntico; es decir, que la identidad es un espejo y los espejos requieren de nosotros para que nos miremos. En la medida en que queramos vender nuestra historia, es necesario que estemos dispuestos a comprarla nosotros mismos. No existe identidad si no somos capaces de amar lo que nos rodea, por lo que de ello se encuentra dentro de nosotros. Una vez hayamos logrado eso, que lleguen los gringos y los cachacos y todos los demás.