“La voz de los ’80”, treinta años después

Luis Daniel Vega

 

El 13 de diciembre de 1984 Los Prisioneros estrenaron La voz de los ’80, un disco que sacudió el rock en Chile por sintetizar con crudeza, ingenuidad, fervor e idealismo el sentimiento común de la juventud ahogada bajo el régimen dictatorial de Augusto Pinochet. Hoy, luego de convertirse en un clásico del rock en Latinoamérica, el disco vuelve a ser noticia ya que en el marco de su trigésimo aniversario va a ser reeditado en su formato original, el casete, y también estará disponible en CD, vinilo y descarga digital. Paralela a esta nueva edición (muy afortunada si tenemos en cuenta que desde hace rato es una reliquia de los coleccionistas), la historia de Los Prisioneros vuelve a estar en boca de muchos chilenos –tanto seguidores como detractores– a través de Los Prisioneros: biografía de una amistad, libro escrito por Claudio Narea, guitarrista de la banda, y de la emisión de Sudamerican rockers, la controvertida serie de televisión producida por Chilevisión, canal responsable, asimismo, de la reimpresión de aquella histórica grabación.

A decir verdad, yo nunca tuve en mis manos La voz de los ’80. La razón es muy sencilla: en 1984 Los Prisioneros eran algo así como el secreto mejor guardado de la movida del rock subterráneo en Chile. Eran, en esencia, un grupo de barrio que apenas se abría camino. Por supuesto, para un chico de cinco años, en Bogotá, acceder a una de las mil copias en casete –editadas y distribuidas por el pequeño sello Fusión, subsidiaría de la tienda de discos del mismo nombre donde Jorge González trabajó un tiempo como vendedor– era algo improbable. En aquella época era poco o nada lo que sabíamos en Colombia acerca de Los Prisioneros. A mí, por lo menos, solamente me interesaban los Carrangueros de Ráquira; los Canti-Cuentos, de Marlore Anwandter; Timpanitos Vol. 2, de María Isabel Murillo, y Cosas de niños, ese fabuloso disco de Mocedades y Miguel Bosé.

Cuatro años más tarde, cuando ya los tipos eran el grupo más famoso de Chile y en Latinoamérica habían tenido un éxito inusitado con la reedición comercial de La voz de los ’80, su segundo disco Pateando piedras (1986) y La cultura de la basura (1987) –todos apoyados por EMI–, fue que muchos de los que nacimos en los estertores de la década de los setenta conocimos el poder de la banda a través de un compilado editado exclusivamente en Colombia que contenía algunas de las canciones incluidas en sus dos primeros discos. Yo recuerdo muy bien ese elepé amarillo que traía una foto sepia donde los tres chilenos mostraban su cara más circunspecta. Lo recuerdo no solo porque me puso en onda a bailar frenéticamente, sino porque fue el primer disco que compré en la vida.

Aún hoy, después de tantos años, viene nítido a mí memoria el día en que fui con 1.700 pesos a donde Peter, el excéntrico amigo colegial de mi papá, quien tenía una tienda de discos en Los Tres Elefantes de Pasadena. Ahorré mi mesada, pedí un préstamo extraoficial a mi abuela y corrí por esas canciones que sonaban sin descanso en Punto Cinco (“la emisora que escucha hasta el gato”) y en 88.9, dos estaciones radiales que se rindieron al encanto del “Rock en tu idioma”, etiqueta llamativa con la que promotores y mercachifles oportunistas vendieron aquel boom sonoro que nos permitió, a muchos, descubrir no solo a Los Prisioneros, sino a Charly García, Soda Stereo, La Sonora de Bruno Alberto, Los Rebeldes, Pasaporte, Hora Local, Hombres G, La Trinca, Los Toreros Muertos, Miguel Mateos y Compañía Ilimitada.

Mientras mis primos mayores iban al Concierto de conciertos: Bogotá en armonía, yo tuve que conformarme con ese disco que aún conservo y escucho como si fuera la banda sonora de mi infancia, un locus amenus en donde todo era feliz y desbordado. Acá llegan a mi cabeza la enorme casa del barrio Ilarco en la que vivían mis abuelos; su patio enorme donde había conejos y palomas; los asados descomunales y la buhardilla, aquel lugar mágico donde encontré el Sgt. Pepper, de los Beatles. Fue en esa mansarda, a la que accedía a través de unas escaleras en caracol, donde sentí el vértigo de un concierto. Armados de raquetas que convertíamos en guitarras imaginarias, junto con mis primos y los viejos amigos del colegio –¡qué épocas maravillosas! ¿No? Señor Miguel Nieto– hacíamos la mímica de las canciones de Los Prisioneros y otras que estaban en los discos promocionales de la Pizza Nostra.

¿Qué nos conmovía de esa música primitiva de Los Prisioneros? No sé. Hasta el día de hoy me lo pregunto. Quizás era el ritmo, la novedad. Nunca antes habíamos escuchado algo así. Creo que era el frenesí del ritmo pues las letras eran crípticas; hablaban de algo muy personal que, de manera misteriosa, resultaba siendo un sentimiento común que tocaba en lo más profundo a unos chicuelos de ocho años.

Mucho tiempo después me di cuenta de que lo que cantaban Los Prisioneros en esas canciones retomadas de La voz de los ’80 me habían formado el espíritu. Suena presuntuoso y cándido, lo sé. Sin embargo, había algo allí que tenía bastante humor, desenfreno, vitalidad y desasosiego. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, la oscuridad de “Brigada de negro”, el desenfado de “¿Quién mató a Marilyn?” y “Sexo”, esa retahíla impúdica que en la voz de un niño pudo llegar a ser un escándalo familiar? Tuve la fortuna de que mis padres no censuraran en casa a Los Prisioneros como sí les sucedió a bastantes amigos. Hoy agradezco ese gesto de libertad que apuntaló una visión del mundo abstraída de miedos y complejos adoctrinadores.

Sé que para mis coetáneos, cómplices y compañeros de ese primer viaje musical, varias canciones de Los Prisioneros marcaron su educación sentimental –el escepticismo y la fatalidad amorosa de “Paramar” aún da vueltas en mi cabeza– o afianzaron una suerte de nihilismo político con temas como “Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos” y “Nunca quedas mal con nadie”.

¿Cómo unos jóvenes ajenos a la realidad continental lograron sembrar esas dudas? La respuesta está en que lograron transmitir su desencanto como si fuera nuestro. La compleja situación política que retrataban, aún hoy, tres décadas después, es tristemente actual. Sucede que a ellos les tocó en desgracia vivir una época convulsionada e infame (tan parecida a la que se vivió en Argentina) que su única opción fue vomitar con crudeza, dolor y decepción. En Colombia, como el conflicto nos lo heredaron a cuentagotas –como si nada hubiese pasado– no ha existido una voz furibunda que, como Los Prisioneros, haya logrado acciones tan contundentes como ser la voz de los 500 mil jóvenes que el 5 de octubre de 1988, en el Plebiscito Nacional de Chile, votaron por el “No” que condujo al fin de la dictadura. Por eso, para muchos de nosotros, los tres de la comuna San Miguel nos siguen pareciendo algo más que distracción mediática.

Vale la pena, entonces, volver a La voz de los ’80 ahora que se cumplen treinta años de su estreno. Podremos descubrir no solo las seis canciones que nos llegaron a través de la mencionada recopilación, sino himnos generacionales como el que le da título al disco y proclamas anarquistas del tipo “No necesitamos banderas” o “Mentalidad televisiva”.

Más allá de la disputa ególatra que han mantenido Jorge González y Claudio Narea durante la última década, existe un disco que se alza como punta de lanza de una generación latinoamericana. Su particular estilo (entre punk, reggae, new wave y ska) permanece intacto. A mí, personalmente, no me interesa la controversia. Es un disco esencial que me hace recordar lo mejor de mi infancia, es decir, la casa de mis abuelos, mis primos, mis hermanos, mis amigos del colegio, la buena onda de mis padres y la buhardilla donde aprendí a tocar batería imitando el golpe certero de Miguel Tapia.

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P.S. Tristemente, en unas cuantas semanas, En Órbita llegará a su final y, por supuesto, también este espacio dedicado a la música, cuya última entrada es esta que ustedes tienen a la vista. Quiero agradecer profundamente a Chucky García por invitarme hace dos años a participar en este fabuloso proyecto. Extiendo mi gratitud a Héctor Mora, su director; a Cherry Montagouth, productora web; a Daniel Páez, Andrés Rojas y Daniel Bonilla, los tres editores que pulieron con filigrana los textos que tuve el placer de escribir, y a todos los demás integrantes del equipo. Los agradecimientos se extienden necesariamente a los lectores que acompañaron estos textos. ¡Buen viento, estimados amigos! Nos veremos en el camino.