La consagración de nuestra primavera

Sofía Arrieta / @medeatica

 

Se terminaron los festivales de teatro pero dejaron en evidencia su efervescencia en Colombia. Hay un interés renovado tanto de parte de los artistas, como del público y de los programadores y críticos internacionales por lo que ocurre en la escena local. A este escenario tan favorable se le ha denominado la Primavera Teatral Colombiana.

Se terminó Semana Santa y con ella pasaron los días de pasión (teatral). Puede ser que uno sienta que hay que tomar aire y parar, bien sea porque hubo una sobredosis de tablas o porque ahora se requiere un tiempo para decantar todo lo que se vio, o porque hay que dar un plazo para que el bolsillo se reponga. No obstante, en cualquiera de los casos, vale la pena hacer un ejercicio de reflexión y analizar, ya con un poco más de calma, qué quedó de pie después del paso de semejante huracán.

Es cierto que el Festival Iberoamericano se presenta como la oportunidad para ver el teatro extranjero al que, de no ser por este espacio, uno no podría tener acceso, y permite la posibilidad de apreciar las obras de grandes hitos de la escena mundial y así observar las necesidades y las nuevas inquietudes del mundo teatral. Son dos semanas en las que tenemos la oportunidad de entrar en contacto con nuevas dramaturgias, montajes convencionales, así como con clásicos en versiones no tan clásicas, y con puestas en escena que se salen de las salas para hacer del teatro una experiencia distinta. Pero en esta ocasión en particular, pareciera que el teatro colombiano estuvo en total diálogo con el internacional y que las obras locales fueron un muy buen contrapunto para las de afuera, incluso en terrenos que tradicionalmente parecían de mayor dominio de los extranjeros.

Anamarta de Pizarro, directora del Iberoamericano, ha hablado de una bonanza en el terreno teatral y la ha denominado la Primavera del teatro colombiano. En esto coinciden tanto críticos como programadores de festivales internacionales, actores, directores y el mismo público. Algo está pasando en el ámbito teatral colombiano que se ha ido llenando de nuevas preguntas y formas diferentes para abordarlas, al punto de haberse convertido en un escenario muy atractivo para los curadores extranjeros –ya en varias ocasiones, he escuchado a reconocidos programadores que el teatro colombiano es lo más interesante que está pasando en Latinoamérica. Vaya uno a saber si es cierto, pero se supone que ellos son los que saben–. Y prueba de eso es el hecho de que el Congreso ISPA 2014 se haya hecho en Bogotá.

ISPA 2014

 

Personalmente, me atrevo a decir que Colombia se ha convertido en un campo fértil para las artes porque hace largo tiempo se ha venido abonando este terreno y son muchos los aspectos que simultáneamente han ido sufriendo un proceso de evolución. Los grupos actuales han tenido la oportunidad de crecer viendo compañías de teatro que han hecho de su labor un verdadero ejemplo de lucha y resistencia. Se dice que vivir del teatro es imposible, o bueno, casi, porque la supervivencia del Teatro La Candelaria, del Teatro Libre o del Matacandelas de Medellín es muestra de que un ejercicio de tenacidad puede pasar por encima de absolutos. No tengo tan claro si ellos viven del teatro, pero lo cierto es que han hecho que el teatro en Colombia siga vivo.

Ahora bien, grupos como Mapa Teatro, Petra y Varasanta han ayudado a consolidar la imagen del teatro colombiano fuera del país. Estas compañías han viajado por todo el mundo y han trazado, a partir de unos intereses particulares, unas maneras y unas lógicas creativas propias (y muy diferentes entre ellas) que las hacen dignas representantes de lo que está ocurriendo en términos teatrales en nuestro país y precursoras de las nuevas generaciones.

Mapa Teatro

 

Actualmente, hay nuevos nombres tanto de directores como de dramaturgos: Pedro Salazar, Víctor Quesada, Verónica Ochoa, Felipe Vergara, Jorge Hugo Marín, Laura Villegas, entre otros. De la mano de estos personajes, han surgido interesantes compañías y proyectos que están obligando al público a echarle una mirada más atenta a lo que está pasando acá: La Maldita Vanidad, La Barracuda Carmela, la Compañía Exilia2 Teatro, La Quinta Picota y otro largo etcétera.

Y si nos hemos tomado el teatro más en serio pues entonces eso ha llevado a cambios y avances en los procesos de formación. De unos años para acá, las escuelas de teatro han visto la importancia de la profesionalización de los oficios escénicos. Y, curiosamente, las grandes universidades, que en su mayoría ya tenían destacados programas de formación en otras artes –pero extrañamente, nunca en artes escénicas–, han incluido entre sus abanicos de opciones la carrera de Teatro o de Artes Escénicas. También se han abierto programas de posgrado que tienen como protagonista el teatro. Un espacio tan interesante como la Maestría en Teatro y Artes Vivas de la Universidad Nacional ha permitido que se observen y analicen los asuntos y las preguntas sobre lo escénico desde terrenos un poco más inciertos y experimentales. De esa fuente han bebido agrupaciones como Teatro Occidente, Danza Común y Vividero Colectivo.

La Primavera Teatral ha estado acompañada del surgimiento o resurgimiento de espacios aptos para el teatro y para el disfrute del encuentro con las tablas. Las salas del Teatro Nacional se han fortalecido y renovado, así como las del teatro La Candelaria y el Teatro Libre, mientras que, simultáneamente, espacios como Mapa Teatro, con sus cabarets literarios y encuentros de artes vivas, La Maldita Vanidad con su café y sus lecturas, Casa E con su exitoso Cuarto de obra y su espíritu festivo, han ampliado las posibilidades del acercamiento a lo escénico. Un caso muy interesante es el de la Fundación Teatro Odeón que revivió el espacio en el que habitó con mucho recorrido teatral, el TPB. Un teatro que estaba en ruinas es recuperado como Centro Cultural en el que tienen cabida las expresiones artísticas más contemporáneas. Es un ejercicio de memoria que nos permite recordar que nada de lo que está ocurriendo es gratis ni de generación espontánea, por el contrario es el resultado del trabajo y de la obstinación de varias generaciones anteriores.

Ahora bien, este proceso evolutivo ha estado acompañado, sin lugar a dudas, de la formación de un público exigente, con criterio, que disfruta, se entretiene, reclama y también sabe reconocer y apreciar el teatro. De repente, el teatro ha vuelto a competir dentro de las opciones de esparcimiento y de reflexión de los colombianos. Pareciera que por fin podremos incluirlo dentro de nuestras necesidades culturales cotidianas. Podría llegarse a pensar que después del Festival la gente sí va a seguir yendo a teatro, y de ser así, es muy importante que aprovechemos el florecimiento de esta Primavera Teatral –que ojalá sea eterna, y si no, al menos– mientras dure.