“Opio en las nubes”, porque la pelea continúa

Darío Rodríguez / @etinEspartaego

 

Pese a su discutible calidad, la novela Opio en las nubes, de Rafael Chaparro Madiedo, lleva dos décadas imponiéndose como un absoluto éxito de ventas y de acogida entre miles de lectores en Colombia y en Hispanoamérica. Su prestigio y celebridad muestran y explican el poder de la literatura para mantenerse vigente y fuerte a pesar de los diversos obstáculos que le plantan.

Como novela, como artefacto literario que suplanta a la vida, Opio en las nubes­ es un fraude.

Pero aquí estamos hablando de literatura. Y no pocas veces un fraude estilístico o de composición es la prueba fehaciente en cuanto a perseverancia, auge, y necesidad de lo literario, se refiere.

Opio en las nubes es la demostración de que la literatura está por encima de cualquier obstáculo o contingencia.

Su rebeldía resulta inocente: la de un muchacho “empepado” o borracho que dice a todo pulmón frases con falsa poesía en medio del delirio rumbero. Su desordenado armazón, capítulos inconexos, desahogos verborréicos presos de algún hallazgo lírico, encubren el desastrado devenir de sus argumentos centrales: un gato enamorado, un suicida que ya casi se suicida, una mujer que pretende hacerse la difícil.

Sin embargo, sigue siendo leída con fervor (sobre todo por adolescentes y adultos que quieren seguir siendo adolescentes) desde su publicación hace más de veinte años.

Opio en las nubes es un fiasco exitoso. De hecho, es uno de los libros más socorridos, citados y amados en Colombia, donde lo han adaptado al teatro y lo usan miles de personas para dedicar frases bonitas a la mujer amada o al hombre por olvidar. Pertenece a un canon maldito de narraciones que pasan de mano en mano, sea por su aparente atrevimiento, sea por sus supuestos valores iconoclastas. La lista puede mencionarse de memoria. Opio…, que se lee a escondidas junto al desigual Sexo y Saxofón, de Gonzalo Arango; Que viva la música, de Andrés Caicedo, o la siempre lamentable Érase una vez el amor pero tuve que matarlo, de Efraim Medina Reyes.

Cocteles perfectos para un país conservador y reprimido. Dosis de sexo burdo, drogas fuertes y rock and roll convencional, destinadas a unos lectores que juegan cada fin de semana a ser muy locos y muy osados, pero que deben madrugar, limpios, obedientes, hacia la “sucia mañana del lunes” –como reza un capítulo de Opio en las nubes– bien dispuestos a cumplir órdenes como fichas de sus odiados empleos.

Ni el silencio de la crítica literaria –que omite opiniones ante un texto de dudosa calidad–, ni el bajo índice de lectura en Colombia, han podido opacar a la novela de Rafael Chaparro Madiedo. Como si se tratara de una ceremonia ritual, cada cierto tiempo aparecen por universidades y centros culturales las muchachas que juran identificarse con Amarilla, o los jóvenes entusiastas que se abren paso a través del mundo del libro de la mano de Pink Tomate. Recitan los dejos de esos personajes como mantras para sentirse interesantes, profundos, especiales.

Opio en las nubes es un ejemplo maestro de cómo a la literatura la forjan los lectores y no las academias ni el periodismo especializado. El asunto sociológico de la recepción –la manera como se distribuye y se difunde una literatura o un producto cultural– puede entenderse mejor si se observa el caso de esta novela.

Alguna responsabilidad en la alta fama del libro debe tener el hecho de que su autor haya muerto prematuramente. Rafael Chaparro, libretista de dos íconos televisivos colombianos, el humorístico Zoociedad y el infantil La brújula mágica, cronista del desaparecido diario La Prensa y reconocido freak que mascaba chicles o fumaba Pielroja sin descanso, murió a principios de 1995 con solo 31 años de edad. Sucede con mucha frecuencia. Al mártir talentoso o artista que muere joven se lo convierte en mito, o cuando menos en figura de culto. Los fanáticos de Opio en las nubes, la única novela que Chaparro logró concluir y publicar, han terminado por reunir todos sus artículos periodísticos, y por considerar El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes –tan solo un manojo de papeles dispersos– su segunda novela. Como el mítico relato que lo inmortalizó es generoso en excesos y vicios, no faltan los entusiastas que juzgan vicioso y extremo al escritor. La verdad es otra: Rafael Chaparro, según testimonios del blog Ambulancia con whisky (un rincón donde se intenta reconstruir la figura de Chaparro), fue un tipo más bien tímido, silencioso, inclusive hogareño.

Quizás un entorno como el nuestro necesita mitificar hasta el delirio a sus artistas disidentes para tranquilizar su conciencia puritana, decente. Lo hicieron en el pasado con la estampa de Gonzalo Arango, casi lo canonizan, y lo han hecho con el suicida Andrés Caicedo, con el tranquilo Chaparro Madiedo. Ángeles caídos, siempre frescos y jóvenes, que invitan al desenfreno, a cruzar límites.

Algo relacionado con los ritmos, las cadencias y los lazos roqueros que se leen en Opio en las nubes debe ser responsable, asimismo, del impacto que ha logrado. Y que logra. Escrita con furia juvenil, entre improvisaciones y oraciones semejantes a lemas publicitarios (en muchos casos), no es extraño que conquiste a unos lectores educados por universidades y bachilleratos enemigos del libro y de la literatura. Los profesores que castigan a sus víctimas con la lectura de mamotretos infumables del corte de El cantar del Mío Cid no deberían sorprenderse: esos mismos damnificados de su enseñanza emigran hacia narraciones más ágiles, más breves, cargadas de adrenalina fiestera. Si los relatos les hablan de atravesar las barreras prohibidas, sin demora los convertirán en objetos de culto.

Ahí seguirá Opio en las nubes con sus melodramas, sus depresiones simples de mozalbete, su frenesí de sábado por la noche. Hasta que sus lectores crezcan y vayan en pos de textos más exigentes, o simplemente dejen de leer. Una nueva generación hará suyas esas páginas cuando aquella que la antecedió haya abandonado el volumen dormido dentro de un anaquel. Como introducción a lo literario, o como mero adorno de disfraces juveniles, su camino es claro: continuar acompañando a los jóvenes de un país ingrato e hipócrita.

Irónico. Casi risible.

Porque la rebeldía y las actitudes contestatarias son cada vez menos estéticas, y el afán consumista o las tecnologías las reducen o aplastan con gran eficacia. Los guerrilleros de cafetería de ayer son hoy los cómodos y bostezadores “indignados” de Twitter, de Facebook. Las marchas y movimientos sociales o la osadía antisistema devinieron en poses para internet.

Ingenuo. Escaso de luces, también.

Porque Opio en las nubes no es una excepción provocadora dentro del universo literario. Por definición, toda forma de arte es polémica. Y toda literatura es beligerante. Incluso La Celestina o El Principito son armas de combate. Ahora mucho más que nunca, pues, idénticos a los groenlandeses del apunte de Lichtenberg, habitamos desiertos de hielo donde misioneros posmodernos nos pintan en términos terribles las llamas infernales: destinar largos periodos para leer, al fin sin afanes, escribir a mano, dialogar cara a cara entre personas reales, abordar el fracaso y la abulia como características humanas no culposas. Mientras más prediquen ese calor inconveniente para nosotros –los gélidos, los veloces– algunos empezaremos a desear ardientemente lo analógico, lo lento, lo anacrónico: el infierno.

Retornaremos, sin dilación, a la literatura. Del brazo de Opio en las nubes o de una intrincada y desafiante trama como La broma infinita, de David Foster Wallace. Volveremos. Nos quedaremos. Haremos de nuestras existencias una afirmación, un destino, una pelea literaria.

Nuestra serenidad es incuestionable.

Porque nada ni nadie, ni la adictiva religión audiovisual, ni la pobre demanda de lectores, estamos seguros, acallarán o destruirán a la literatura.