Así es el negocio, socio

Darío Rodríguez / @etinEspartaego

 

Se llama Andrew Wylie. Genio de las relaciones públicas y de los negocios, es el responsable de auténticos éxitos en ventas y crítica como Mi lucha, de Karl Ove Knausgård. Este es un asedio al fabricante de estrellas literarias más poderoso del planeta.

Si usted escribe y quiere ser una celebridad literaria pero aún no conoce a Andrew Wylie, lamentamos informarle que como escritora o escritor usted simplemente no existe. Y no existirá hasta que entre en contacto con él.

Wylie es el gran gurú, el filtro máximo del mercado literario mundial. Estar en sus manos garantiza fama mediática, invitaciones a los festivales de literatura más importantes, cotilleos con el jet set y, sobre todo, ventas millonarias de libros. Si ese señor gringo se empecina en posicionar el nombre de un autor lo consigue gracias a una publicidad voraz para que venda cientos de miles de ejemplares y esté en boca de todos los periódicos, las emisoras y los espacios televisivos.

Es solo un agente literario, alguien encargado de representar escritores ante casas editoriales e instituciones. Sin embargo, su poder de influencia es gigantesco. Algunos de sus autores son verdaderos titanes del mundo literario, gente como Philip Roth, Martin Amis, John Lee Anderson, Alessandro Baricco o Roberto Bolaño. La más reciente de estas luminarias es el noruego Karl Ove Knausgård, con su serie de novelas titulada Mi lucha, quien gracias a Wylie ya está siendo traducido hasta al chino y multiplica ediciones sin ninguna piedad. El agente sabe algo esencial para todo cazador financiero: ya no existen lectores sino consumidores, y si el consumidor no lee los libros ofrecidos por Wylie la idea es que entre en crisis, que tenga la sensación de que se está perdiendo de algo clave. Si todos los medios con algún renombre han reseñado esos libros, si los académicos los citan, si hasta las estrellas de televisión los compraron, ¿cómo es posible que el consumidor, el lector de a pie, todavía no los haya adquirido? Con esta condición, el consumidor hará lo imposible por tener esos libros entre las manos. Pagará lo que sea. Se incluirá en una fila extensa para obtener los primeros ejemplares exclusivos, ojalá autografiados. Tal y como si fuera bogotano chic enfrente de Starbucks a las cuatro de la madrugada, o geek frenético a la espera del nuevo juguete diseñado por Apple. Gran parte del triunfo de Wylie y de sus escritores se debe a que ha convertido a los libros en necesidades, en modas.

No contento con el monopolio en lengua inglesa que ha formado, Andrew Wylie acaba de establecer una alianza con Carmen Balcells, la vaca sagrada de la representación literaria en español, agente de Vargas Llosa y García Márquez, con el fin de ensanchar su imperio, de dominar los hábitos, los propósitos de lectura en millones de personas.

¿Cómo lo hace? Wylie no esconde sus estrategias. Al contrario, como si fuera un buen chef deja ver los ingredientes y la preparación de los platos. Lo primero es el envío de sus sabuesos a cuanta feria y festival literario exista, también a editoriales con prestigio, en busca de los autores más vendidos. Esta búsqueda inicial es un trabajo engorroso y de alto riesgo porque un novelista muy exitoso en su país puede no serlo en otros países. Por ejemplo, la prosa localista, provinciana y simple de Mario Mendoza –que tanto gusta en colegios y semáforos colombianos– nada tiene que decirle a un europeo o a un estadounidense, ni siquiera a un español: los lugartenientes de Wylie están interesados en lo cosmopolita, en novelas con mundo y con etiqueta internacional. Debe ser muy difícil para nuestros parroquiales talentos nacionales Juan Gabriel Vásquez o Juan Esteban Constaín, entre otros, pensar en ser leídos con seriedad por fuera de sus guetos.

Una vez ha sido identificada la posible veta que lleva a la mina de oro, entra en el juego el propio Andrew Wylie. Aquí debe decirse que sus ofertas carecen de escrúpulos. Si el agente descubre un rasgo particular en la obra del escritor o en su vida, lo explotará, lo publicitará sin descanso. Pasa con la reciente novela de Martin Amis, presentada como una burla a las víctimas del Holocausto nazi, con el supuesto compromiso del cronista John Lee Anderson hacia los menos favorecidos del Tercer Mundo, o con el noruego citado quien es vendido por el avispado agente como un maestro de la confesión personal y de la literatura real. Mientras más expectativa, ansiedad o escándalo produzcan los libros, el resultado económico será más jugoso. Otro ejemplo: nada tiene de raro que salga Carolina López, la viuda de Roberto Bolaño, a pelear por derechos legales, sentimentales y comerciales en contra de Carmen Pérez de Vega, última pareja del autor de 2666, justo cuando está reeditándose para el mundo anglosajón la obra completa del chileno. Chismorreos e intrigas de barrio como esa perfectamente pueden estar siendo orquestadas por el mismísimo Andrew Wylie, porque nada alimenta más el comercio literario que la exposición farandulera y periodística de líos de faldas, vicios y demás cosas secretas de novelistas y escritores. Nadie más que él está interesado en volver farándula a la literatura.

Lo demás es mercadeo. Y mercadeo bravo. La red de medios de comunicación y de editoriales que ha propiciado este individuo no tiene parangón en la historia de la literatura. Un autor y un libro bajo la tutela de Wylie es visto y anunciado con la misma insistencia que se aplica a las hamburguesas McDonald’s o a la Coca-Cola. No impone a los escritores, impone ideas sugestivas que acompañan a esos escritores, de tal manera que los libros se vendan por montones. Pocos como él se han dado cuenta de que la contracultura, las confesiones descarnadas y morbosas bien escritas, los deseos de libertad, incluso la rebeldía, son materia prima si de lograr gigantescos negocios se trata.

El escritor español Jorge Carrión cree que Andrew Wylie está cambiando los hábitos y los materiales de lectura en Occidente, al punto de que son muchos los lectores en Europa y América que se inclinan a comprar solo lo que Wylie ordena. Ante una injerencia como la suya, proyectos de autopublicación en Amazon (u otras tribunas web), o esfuerzos editoriales independientes que apoyan a escritores emergentes, no son sino propósitos románticos destinados a los dos o tres entusiastas de siempre.

Desde luego, se seguirán produciendo y leyendo libros ajenos a tácticas comerciales. Ese justo juez denominado Tiempo dirá si Mi lucha tendrá lectores dentro de cincuenta años, o si lo que permanecerá más bien es cualquier modesto volumen de poesía editado en la marginalidad. Por ahora Wylie es el sumo sacerdote. Pero la literatura es la literatura, un asunto menos masivo y menos popular de lo que se cree. Y el desquite a tanta masificación y vulgarización del arte literario no demorará en aparecer. Desde los orígenes de los idiomas la movida ha sido así. Por cada Agatha Christie responsable de ventas millonarias hay un Proust, un Joyce o un Musil que transfiguran los modos de narrar y dan perspectivas vitales distintas, aunque no vendan como los mercados desean.

En conclusión, y para volver al señor Wylie, si es usted aspirante a la fama y a la fortuna literaria será mejor que vaya alistando sus novelas atractivas y muy vendedoras, póngalas debajo de su brazo y toque la puerta de la poderosa agencia anglosajona. La espera será larga. Y, a decir verdad, ser publicado por algún emporio editorial no es que esté muy garantizado. De las casi tres mil novelas que rondan por este continente –el cálculo es de otro agente, Guillermo Schavelzon– solo serán publicadas por inmensos grupos editoriales dos o tres a lo sumo. De ahí a seducir al poderoso Andrew Wylie hay un abismo considerable.

Es una ironía que el mundo literario internacional esté supervisado por un hombre que no escribe y al cual el debate literario le interesa tan solo porque le sirve para hacer crecer su empresa. Un hombre que alguna vez estudió literatura en Harvard, y que, quizá (¿por qué no?) fue altruista y desinteresado durante su juventud con las novelas y los textos de ficción. El mismo que para conseguir la representación de la obra de Borges bailó en público con María Kodama. Alguien que tiene en su haber a casi mil autores vivos y muertos.

Casi que sobra mencionar su apodo. Le dicen El Chacal.

 

Si quiere conocer un poco más acerca de todo el ruido que ha causado Andrew Wylie en el mundo literario, acá van unos enlaces que le pueden ser de interés:

Manuscritos y peticiones de celebridad a Andrew Wylie en:

http://www.wylieagency.com/

 

La refutación de Jordi Carrión en:

http://elpais.com/elpais/2014/09/08/eps/1410186278_021830.html

 

Acerca del imperio que está montando Wylie, una crítica de Alberto Manguel:

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/05/29/actualidad/1401390821_146930.html