Literatura en los extremos

Darío Rodríguez / @etinEspartaego

 

¿Sobrevivirá la literatura entre autores megalómanos que escriben novelas extensísimas para lograr reconocimiento y otros que se resignan a acomodarse a los condicionamientos tecnológicos? Un desahogo literario que inspecciona los excesos literarios en nuestros días.

“Por favor: escriba un artículo que tenga buenos ganchos, que agarre a los lectores”, ordenan desde la jefatura de redacción. Y el redactor del blog literario para En Órbita entra en pánico. Su temblor constante en las manos, sus pocos pelos revueltos sobre la cabeza dura son las consecuencias naturales tras formularse –de nuevo, por millonésima vez– ese viejísimo dilema tan claro para el periodista o para el lector ocasional, pero tan sombrío para quien escribe textos literarios por oficio o para el lector crónico: ¿En serio, de veras la literatura debe resultar divertida siempre, y tiene como función igualarse a los saltarines monos de las ferias mediáticas?

Parece que sí. O, cuando menos, mientras los paradigmas de estas épocas manden la parada todo lleva a pensar que sí.

Los publicistas, gurús, conductores de conciencia contemporáneos, conocen muy bien a sus clientes, a quienes les compran sin piedad los productos que ofrecen. Los consumidores están “desandando el camino”, como dijo el poeta peruano Manuel Scorza, son cada día más y más infantiles, quieren que los distraigan y los entretengan con algo veloz, deslumbrante, espectacular. Los publicistas –hoy toda persona que aparezca o figure en medios está obligada a ser publicista así no quiera– necesitan convertir en niños a su clientela. ¡Y maldito aquel que no la complazca, que no le sacuda su sonajero!

Entonces a divertir al respetable público, pues.

El problema surge cuando el juguete para entretener infantes es la literatura. Agudo problema. Porque la literatura es, antes que nada, asunto y labor de gente no tan entretenida. El refugio en la palabra escrita ha producido literales cordilleras de textos y de libros imposibles de acomodar al hechizo fugaz del pueril consumidor promedio. La literatura –cuando es auténtica y no la disfrazan de cine barato ni de comida rápida tipo Cincuenta sombras de Grey o Crepúsculo– exige lentitud, discusión, serenidad. Justo lo más impopular hoy por hoy, lo que menos le interesa al ambiente cultural atrás citado.

Piensa el redactor del blog en la novela más extensa de la historia. O por lo menos en los libros a los cuales autores, tradiciones e historia les han adjudicado ese mote gigante. Tomos infinitos que van desde la canónica En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust con sus tres mil páginas –celebradas en todo el mundo, poco leídas– hasta adefesios que resultan ser quizás solo curiosidades, La historia de las Vivians, de Henry Darger (casi nueve millones de palabras más dibujos del autor) o el espeluznante, inacabable e ilegible experimento del norteamericano Mark Leach titulado Marienbad My Love, 17 volúmenes, 10.710 páginas, 17 millones de palabras. Este tipo de libros se escriben para ganar reconocimiento mediático, para obtener un récord o ser celebrados en sociedad. Es explicable que ninguna editorial se haya interesado en el monstruoso producto de Leach. Se necesitaría una vida entera para terminar siquiera de leer por encima todo eso. Y es anunciado, promovido, ofrecido a quien quiera leerla precisamente en una época que desprecia las lecturas largas, que no posee ya tiempo para sentarse al menos dos horas a degustar unas treinta páginas.

Aparte de ser un simple dato insólito, Marienbad My Love es entre líneas una invitación a pensar en cuánta lucidez aportan los libros largos. Sus exigencias, los retos que proponen (perseverancia, capacidad de reflexión) son en estos días una necesidad, un modo decente de responder ante la fragmentación del pensamiento, las narraciones de lectura frenética, los afanes varios.

 

En el otro extremo del prisma, el redactor del blog no logra sacarse de la cabeza al escritor peruano-mexicano Mario Bellatín quien ha terminado por derivar la mayor parte de su producción narrativa a los iPhones y las tabletas electrónicas. Su novela El hombre dinero fue escrita en un teléfono y con una rapidez asombrosa. En cierta entrevista afirma que jamás volverá a usar un computador personal. Los textos son más breves, llegan incluso a parecerse a gotas, a piedrecillas arrojadas en el océano descomunal de internet. Palabras entre un remolino de indiferencia, de inmediatez.

Ni la novela más larga del mundo ni la más ágil son leídas. Tal vez ni siquiera serán conocidas.

Y es en ese momento cuando la idea de que la literatura sobrevive solo en las catacumbas de la sociedad cobra vigor, incandescencia.

No hay necesidad de buscar a la literatura entre las candilejas divertidas de la banalidad publicitaria. En ocasiones basta con abrir viejos libros pasados de moda para hallarla. En otras ocasiones basta con el silencio.

Aquí el redactor inicia su nota para el blog.