El dibujo conquista, pero la animación enamora

Darío Rodríguez / @etinEspartaego

 

Considerada una diversión simple para niños y adolescentes en crecimiento, la animación no goza aún de buena prensa en algunos circuitos. Pero bien mirada, tras su estampa divertida y entretenida, contiene algunas claves de lo que es, o será, la literatura en el presente siglo.

 

1. Los caligramas –esos textos/dibujos cuyos trazos son palabras y letras– pueden ser dibujos animados. Más aún: llegan a ser una literatura con movimiento particular, el que le aporta la observación del lector.

Caligrama de Guillaume Apollinaire.

 

Lo había sugerido el filósofo Michel Foucault cuando analizó la grafía del famoso cuadro Esto no es una pipa, de René Magritte. Las palabras debajo de la pipa pintada tienen, también, la forma de una pipa. Lo había intuido otro francés, Roland Barthes, cuando anotó en El placer del texto que el escritor en realidad es un pintor porque dibuja las letras y raya las superficies con vocablos dibujados. No todos los dibujos animados poseen la misma velocidad de las películas de animación. Los caligramas tienen una motricidad más serena creada sobre todo por quien los ve, por quien sabe leerlos. 

 

Esto no es una pipa, pintura de René Magritte.

 

 

2. La tragedia infantil La abeja Maya, escrita a principios del pasado siglo por el alemán Waldemar Bonsels adquiere un rostro literario –cercano a la novela de aventuras– cuando un grupo de animadores japoneses la convierte en una serie de dibujos animados que acompañó a la generación de niños nacidos durante la década de los setenta. La heroína que busca a su madre en compañía de un abejorro tonto y de otros bichos silvestres resuelve sus vicisitudes con la contundencia de los héroes clásicos; vence dificultades siendo frágil, es un dechado de ternura y solidez moral. El orden de la serie –sus estructuras y vértices narrativos– puede ser observado como una sucesión de capítulos dignos de un proyecto novelesco. Y al darle un perfil sólido a cada personaje, cumple con aquel derrotero con el cual el novelista John Gardner definió a la novela a partir del siglo XX: una narración centrada en el personaje.

La abeja Maya –la serie– es una de las primeras lecturas complejas y vastas que un niño está en capacidad de asimilar. El libro que la inspiró, irónicamente, es melodramático, edificante y muy aburrido. 

 

 

3. Ya existían los dibujos animados antes del cine. La proliferación de libros con dioramas sobre las páginas, que tuvieron un éxito masivo a finales del siglo XIX, es una prueba de ello. Al abrir el libro saltaban y quedaban erguidas algunas imágenes. Los lectores –niños, aunque también adultos con cierto placer culposo– tenían en estos textos la ilusión del movimiento y de lo tridimensional, al mismo tiempo que amenizaban su lectura con ilusiones de verosimilitud y forma táctil.

Aún se elaboran este tipo de libros, con un carácter artesanal y artístico. La conclusión es que este tipo de animación rudimentaria y pionera se mantiene vigente. Aquí el proyecto editorial con dioramas de la artista Marianne Petit.

 

 

4. Disney. El primer artista de la animación que se propuso convertir en arte un oficio considerado hasta su llegada como simple entretenimiento pasajero. No se habla aquí de sus logros como empresario. La animación llegó, con producciones de largo aliento y extraordinaria factura tipo Blancanieves, a ser una industria compacta.

Por increíble que parezca, la literatura tiene una gran deuda con Disney y su equipo de trabajo. Conocedor de clásicos infantiles indiscutibles como las narraciones de Perrault, Lewis Carroll o los hermanos Grimm, consiguió crear en varias generaciones el gusto, la curiosidad y el deseo de diálogo con tradiciones literarias muy antiguas. Las volvió familiares y cercanas para todo público. Las versiones Disney de La Cenicienta, de Andersen, o de Peter Pan, de J. M. Barrie –por poner solo dos ejemplos al vuelo– son hoy por hoy las introducciones más prácticas y eficaces a los mundos fantásticos de donde fueron tomadas. Es famoso el respeto del creador del Pato Donald hacia los textos que llevaba al cine. La historia detrás de su coordinación en la adaptación del libro infantil inglés Mary Poppins es un relato literario en sí mismo (y, de hecho, ha sido transformado hace poco en película de Disney con las actuaciones de Tom Hanks y Emma Thompson). La insufrible Pamela Lyndon Travers, autora del volumen original, se impuso sobre el paciente director Robert Stevenson y sobre el mismísimo Disney hasta obligarlos a modificar todo su proyecto y a incluir los dibujos animados como respaldos tímidos dentro de un largometraje con actores de carne y hueso.

Sin Walt Disney, la comprensión de las historias para niños en nuestro tiempo sería, sin duda, un poco más pobre.

Walt Disney y los siete enanitos.

 

5. El teatro de títeres y de marionetas, cuyos antecedentes se encuentran en tiempos remotísimos (los antiguos griegos, las culturas de Medio Oriente anteriores a nuestra era) han seguido unos patrones que bien pueden aplicarse a las lógicas de la animación moderna y posmoderna. El carácter extático y bizarro –en el sentido lato, carnavalesco de esta expresión– de los personajes y su hilaridad, su entendimiento del tiempo y del espacio siempre al límite del sentido común y de lo socialmente aceptado, son lecciones estéticas, asimismo literarias, que permiten observar las realidades cotidianas con un prisma festivo, o en ocasiones tan revelador como un tratado de filosofía.

 

6. Lo común es que los textos literarios se conviertan en audiovisuales de animación. La vía contraria, del dibujo animado a la literatura, parece más improbable. Incluso demente. La Guía para la vida de Bart Simpson (traducida al español por Jaume Ribera y publicada por Ediciones B) es una demostración de esta pirueta inversa. Los consejos y las frases sardónicas, venenosas, pronunciadas quizás en televisión por el perverso niño Simpson y los demás personajes de Matt Groening están agrupadas dentro un libro. Como si la animación necesitara de cierta aprobación intelectual, de un aval por parte de quienes la miran entre sospechas.

El manual de Bart Simpson recuerda a los vademécums y a las recopilaciones de aforismos. Para quien lo lee es la comprobación del valor literario de la serie televisiva en la cual está inspirado, Los Simpson, y de la conexión de la serie misma con la más prestigiosa sátira norteamericana de un James Thurber, de un Mark Twain. Además deja abierta una puerta hacia territorios quizás vírgenes: la posibilidad de escribir narrativas y poesía a partir del mundo de la animación, o siguiendo los parámetros del dibujo animado.

 

7. Thomas Pynchon –un escritor al que nadie ha visto nunca y del que poco se sabe– es invitado a participar en un episodio de Los Simpson. El gesto revela una actitud muy “pynchoneana”: mostrar ocultando. Solo en calidad de caricatura animada logra revelarse el autor de La subasta del lote 49. Más allá de fomentar una leyenda literaria, el episodio reafirma la auténtica condición del escritor contemporáneo, su larga distancia con respecto a los libros que escribe. La aparición de Pynchon en la serie es, a la vez, una bofetada a las exhibiciones de tanto escritor obsesionado con venderse como una marca comercial antes de ser leído.

Esos minutos de Thomas Pynchon en Los Simpson son el colofón de su destino literario, el deseable punto final de todos sus libros.

 

8. La tumba de las luciérnagas es una impactante novela japonesa que se dio a conocer en el mundo entero gracias a su versión animada. Lo que diferencia a esta película de otros largometrajes animados con intenciones estéticas similares (precisión en el dibujo para dar muestras de realismo o recrudecer los elementos fantásticos; se citan dos ejemplos entre muchos: Señor Fox, de Wes Anderson, sobre la novela de Roald Dahl, y El castillo ambulante, de Hayao Miyazaki, basada en la novela homónima de Diana Wynne Jones) es que la unidad entre el libro y el relato cinematográfico no se rompe en ningún momento. Resulta necesario observar la cinta dirigida por Isao Takahata junto al sentido y descarnado relato escrito de Akiyuki Nosaka. El film complementa al libro de tal manera que se plantea entre los dos un diálogo intertextual. Los dibujos hallan su sentido en las palabras que los soportan por lo que estas tiene de veracidad histórica – mucho de lo que se narra en la novela es autobiográfico–. Y las líneas de narración, las descripciones, los diálogos escritos ensanchan su significado al ser dibujados y al conseguir movimiento, debido quizá a la espantosa época que muestran, los años de la Segunda Guerra Mundial.

Es inevitable pensar en la acepción antigua de la palabra “animación”: proveer un alma, dar la vida. Eso lo consigue esta sociedad creativa indestructible entre una novela y una película de dibujos animados. 

 

9. Poemas editados y publicados como dibujo animado. Así son los dos textos audiovisuales del español Lois Patiño titulados En el movimiento del paisaje. El deseo de las palabras –incluso de las no dichas, de las apenas sugeridas o imaginadas– por volverse icónicas, simbólicas, justo en una época de olvido y culto hacia lo inmediato. 

Aquí, la primera parte:

http://vimeo.com/46610979

Aquí, la segunda:

http://vimeo.com/47106645

 

10. Antes se empezaba a ser lector con los cómics y los dibujos animados televisivos o cinematográficos. Desde esos espacios formativos se saltaba a las lecturas de textos populares entre el público juvenil (Julio Verne, Emilio Salgari) hasta iniciarse en un hábito de lectura formal, sistemático. Ahora la escuela y la academia educan en una lectura básica, meramente alfabética, que está llevando a los lectores de vuelta al cómic, a la novela gráfica y a los films animados, los cuales poseen sus modos propios de ser literatura.

Estamos presenciando, gracias a ese retorno al texto gráfico y al dibujo animado, un giro, una revolución en la manera de leer no solo imágenes sino palabras. Más ligero, quizás, y sin embargo más exacto.

Italo Calvino propuso hace casi treinta años una serie de retos a la literatura del siglo XXI: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad. La animación como estrategia literaria se le adelantó a los escritores de libros y está allanando el camino hacia una forma menos solemne, menos acartonada de cantar o testimoniar nuestros pasos por este mundo.

Es inútil seguirse preguntando si el dibujo animado está cerca o lejos de lo literario. Más que nada porque desde hace por lo menos medio siglo la animación es literatura. Y si se permite una afirmación digna de la carrera del Correcaminos perseguido por el Coyote, la animación ha sido literatura desde que nació, desde siempre.