Carreteras perdidas

Daniel Bonilla / @Seppukultura

 

Después de un poco más de dos años al aire, el proyecto En Órbita llega a una pausa (parcial o definitiva, nadie lo sabe aún), así que este espacio dedicado al cine, al menos por ahora, tendrá que detener su marcha. Esta inevitable despedida es también el desprendimiento de un hábito construido y la necesaria búsqueda de nuevas rutinas. Por esa razón, he querido dedicar esta última entrada a las películas de carretera, o road movies que llaman, un poco con la esperanza de que la metáfora del viaje sirva a la vez como cierre de una etapa y apertura de otra. Que sea a un mismo tiempo invitación a la aventura y colofón de un fecundo proceso de aprendizaje.

A menudo he pensado que la escritura y el acto de ver películas conservan ciertas similitudes estructurales con el hecho de lanzarse a la carretera y simplemente avanzar hacia donde soplen los vientos, hasta donde la gasolina alcance o hasta donde la noche impida seguir adelante. En cualquiera de los casos se requiere una especial disposición para encontrarse por primera vez con las misteriosas formas de lo desconocido y, sin mayor planeación o definición de itinerarios, dejarse llevar por los avatares de la ruta y ser sorprendido en cada tramo. Que el objetivo principal sea el “estar” en el camino y no el arribo a un destino preconcebido y calculado de antemano. Casi como escribir, casi como ver una película, en donde el encuentro con algo externo (las letras, las imágenes) sugiere más bien una mirada hacia dentro de sí.

De igual modo, las películas de viaje están construidas sobre la premisa de un personaje (o varios) que emprende una travesía o una búsqueda, generalmente, por lugares y caminos que no conoce, pero que al recorrerlos asiste también a un redescubrimiento de sí mismo. En la línea que va de Ulises al Quijote, de La isla del tesoro a Interestelar, la constante es que toda experiencia viajera es a la vez un encuentro con lo desconocido, y en ocasiones inhóspito, de la ruta, pero también con esas facetas tan íntimas del ser que terminan percibiéndose como totalmente extrañas y ajenas. En la tradición clásica, el viaje es condición necesaria para que el héroe adquiera las cualidades que lo definen como tal, pero también para que sea capaz de dimensionar sus propios límites y sus temores más profundos se pongan a prueba. La modernidad introduce además la idea de que ya no hay un dios dispuesto a acompañar y proteger, sino que se está abandonado a la propia suerte, siempre con el riesgo de fracasar en la empresa acometida, siempre expuesto a una deriva incontrolable y enigmática. El cine, a lo largo de su historia, ha sabido incorporar la anterior premisa bajo las formas más diversas, y las películas de carretera son buena muestra de ello.

En una época como la nuestra, que privilegia los resultados por encima de los procesos y donde los títulos importan más que las rutas por donde circulan los saberes, el género de carretera nos recuerda el valor de la travesía y la peripecia, y nos regala la posibilidad de conocer de cerca historias de hombres y mujeres, así sean de ficción, que fueron capaces de asumir el riesgo por el riesgo mismo, dejando muchas veces la vida puesta en ello.

Las que siguen son pues algunas películas concebidas para circular por carreteras polvorientas, asfaltos desgastados de rutas secundarias o veloces autopistas atestadas de humo. En todas ellas hay felicidades momentáneas, aprendizajes dolorosos, desafíos a los órdenes establecidos y causas indefendibles. En cada una de estas películas hay deudas pendientes, sueños inalcanzables y aspiraciones humildes. Hay inéditas y extrañas formas de sabiduría.

 

 

Easy Rider. Dennis Hopper (Estados Unidos, 1969)

¿Cómo aspirar a la libertad dentro de una sociedad que no quiere ser libre? Pues asumiendo el riesgo de ser excluido. Dicha es la premisa de esta película que en su momento se erigió, a través de la mirada de dos motociclistas que recorren los Estados Unidos, como un canto generacional en contra de cualquier forma de dominación y opresión.

 

 

París, Texas. Wim Wenders (Francia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, 1984)

Una película de carretera dividida en dos partes. En la primera, tenemos un viaje de regreso de dos hermanos; en la segunda, una huida protagonizada por un padre y su hijo. En medio, un hombre que debe resarcir un pecado tan grande como el desierto por el que deambuló durante varios años tratando de olvidar.  

 

 

Leningrad Cowboys Go America. Aki Kaurismäki (Finlandia, 1989)

Los Leningrad Cowboys son una banda de música tradicional proveniente de alguno de los parajes más fríos y solitarios al norte del planeta. Con una leve esperanza de obtener éxito con su música, llegan a Nueva York para luego recorrer los Estados Unidos con rumbo a México. Por el camino tienen que aprender a tocar rock & roll y soportar a un mánager déspota que los hace aguantar hambre y sed. Atentos a sus peinados.

 

 

Una historia sencilla. David Lynch (Estados Unidos, Francia, Reino Unido, 1999)

Un viejo entrado en años, con problemas de cadera y visión defectuosa, decide recorrer los Estados Unidos de cabo a rabo en una máquina podadora de césped al recibir la noticia de que su hermano, al que no ve hace diez años, está gravemente enfermo. Una deuda que debe ser saldada antes de que sea demasiado tarde.

    

 

Almost Famous. Cameron Crowe (Estados Unidos, 2000)

A medio camino entre una película musical y una de carretera, cuenta la historia de un joven inexperto y aspirante a reportero que se embarca en una gira con una banda de rock llamada Stillwater para lograr así escribir un artículo encargado por la revista Rolling Stone. Para destacar, la actuación del fallecido Philip Seymour Hoffman en el papel del crítico musical Lester Bangs que encarna a una especie de mentor, poco “cool” y muy cascarrabias, del joven protagonista.

 

 

Into the Wild. Sean Penn (Estados Unidos, 2007)

Hastiarse de las mentiras de una sociedad artificial. Abandonar todo y a todos. Emprender un largo recorrido en el que, poco a poco, vayan quedando atrás los restos de lo que fuimos y empecemos a ser nosotros mismos. Sobrevivir con lo apenas necesario sin lujos ni excesos. Estar solo, absolutamente solo. Conocerse en lo más profundo. Fundirse con la naturaleza. Y siempre Eddie Vedder sonando en el fondo.

 

Esta fue mi despedida y estos fueron mis últimos recomendados. No me queda más que agradecer a todo el equipo de En Órbita y el Sistema de Medios Públicos Señal Colombia por el tiempo compartido y la colaboración, pero, sobre todo, a los lectores que hacen posible que existan espacios como este. Seguramente nos volveremos a encontrar más adelante en alguna otra estación del camino.